La magia de la Naturaleza en EL TORCAL

Mar Deneb

No podía dejar pasar sin hablaros de un día mágico en un lugar fuera de lo común, de esos sitios que muchos tienen al alcance de la mano pero desconocen de su existencia, buscando lejos de sus tierras lo que la naturaleza les brinda cerca.

El TORCAL DE ANTEQUERA, muy acertadamente declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, nos ofreció la oportunidad de adentrarnos en un paisaje etéreo y brumoso, que nos envolvió en su hechizo para hacernos experimentar una comunión vegetal, animal y humana.

El Torcal de Antequera es un Paraje Natural situado en la provincia de Málaga, de más de 1.000 hectáreas, y que conforma un impresionante paisaje kárstico (formado por la erosión con el agua) muy singular. Debe su nombre a las torcas o dolinas, depresiones circulares semejantes a valles, formadas en el terreno.

Para llegar hasta allí, atravesamos esta provincia y, justo antes de entrar en la población de Antequera, saludamos de lejos a la Peña de los Enamorados. Cuenta una leyenda que dos enamorados —cristiano él y morisca ella— huían de los soldados mandados por el padre de ella para darles captura y, al llegar a este peñón, subieron hasta su parte más alta y se arrojaron al vacio, para no ser capturados y poder seguir juntos en la eternidad.

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Lo más singular de este monte, declarado Bien de Interés Cultural, es su morfología, puesto que recuerda la cabeza tumbada de un indio. En la lejanía, nos saludaba y daba la bienvenida a sus tierras, antesala del increíble paisaje que nos esperaba.

Pasado el bello pueblo de Antequera, la carretera iba subiendo de forma imperceptible pero certera, acompañada de una brisa que nos pegaba en la cara y nos envolvía en un perfume a madre tierra. Otro saludo que nos hinchaba el pecho de aire puro, preparándonos para la inolvidable experiencia que se nos avecinaba.

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Torcal 5

Torcal 6

Pero antes de adentrarnos de lleno en nuestra aventura, permitidme que os haga un inciso descriptivo y así asimileis mejor la esencia implícita en tan hermosa y particular  formación geomorfológica. Para ello, hagamos un poco de historia, o más bien, de geología histórica.

Este paisaje es tan característico como su origen y formación. Todo se remonta a la Era Secundaria, en concreto en el Período Jurásico —hace como unos 150 millones de años—, en el que toda la zona y alrededores lo inundaba el mar Tethys. En su fondo, los sedimentos se fueron depositando a lo largo de millones de años, formándose variadas capas con distinta textura, composición y grosor, debido a las diversas condiciones ambientales.

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Posteriormente, durante la orogenia (formación de montañas) alpina, los dos continentes que limitaban este mar se fueron acercando hasta colisionar, lo que provocó un plegamiento y elevación de este fondo marino sedimentado hasta más de 1.000 metros, siendo trasladado hasta la ubicación actual del Torcal.

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Aquellas distintas capas de sedimentación que se habían producido antes del levantamiento, al ser erosionables con distinta intensidad —como en el caso de la arcilla, que da lugar a esos característicos laminados horizontales apilados en las piedras, por ser un material de alto grado de erosión—, una vez al aire, dieron lugar a un tipo de paisaje kárstico único y espectacular en nuestro planeta.

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La acción conjunta de la lluvia, la nieve y el viento acabó erosionando —física y químicamente— y desgastando de forma caprichosa la caliza, formando grietas y huecos en el exterior y cavidades en el interior.

Y a partir de que emergió la roca desnuda, también esta fue colonizada por la vida, desde pequeños organismos hasta los actuales vertebrados, a lo largo de eras de evolución.

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Retornando a nuestro relato, llegamos finalmente arriba, al Centro de Visitantes “Torcal Alto”, donde aparcamos con dificultad porque, a pesar del tiempo nuboso, había más gente de la esperada. De las dos posibles, elegimos la ruta amarilla, la más larga y visitada, y comenzamos nuestra andadura.

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Es difícil describir un paisaje con palabras, pero más si se trata de uno tan peculiar y en un día en el que la aparente niebla lo vuelve especial y enigmático. Pero no os confundais, en esas tierras altas no suele haber niebla real, puesto que, o las montañas te regalan un día despejado y radiante de cielo azul y límpido, o bien tienes la suerte de que ese día las montañas se levanten con ganas de arroparte en su seno y bajar las nubes para ti.

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Aquella sensación real de estar en una nube no podía distar más de la expresión popular que la define, puesto que, aunque te aisla del resto del mundo exterior, que queda ahí afuera y abajo, te invita de esta forma a adentrarte en la profundidad de sus dominios: te internas en un mundo desconocido.

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Y de esta forma, atravesando la nube en la que nos encontrábamos, fuimos caminando, pisada a pisada, por llanos ondulados, rocas resbaladizas, vericuetos de la piedra, grutas de arbustos y de caliza, sin apenas levantar la cabeza del suelo por prevención pero, de tanto en tanto, dejándote llevar por esa llamada de la montaña que te atraía y te hacía elevar el rostro al cielo y contemplar unos gigantes de piedra gris, que nos observaban desde su magnífica grandiosidad.

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La ruta te adentraba, cada vez más, en una neblina de diferentes retratos espectaculares naturales, donde ibas palpitando junto al latido de la tierra que te habitaba, y donde el espino albar florido, las encinas, los quejigos, los serbales o los arces al pasar, te retenían para embeberlos, para recorrerlos con la vista y con el corazón abierto.

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No sabías si era mejor avanzar para no perderte de los demás o pararte a contemplar, a meditar por sí solo en un lugar en el que todo se detiene: el tiempo y la dimensión espacial. En cualquier caso, hagas lo que hagas, ya estás ahí y no necesitas más, puesto que una vez dentro de sus dominios, el Torcal te tendrá atrapado bajo sus influjos y te remecerá en su seno, acariciando tu alma.

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Aquel día solo hubo algo que la nube retuvo sobre su cúspide y no pudimos ni tan siquiera otear, y fue lo que da a esta sierra la declaración de Zona Especial para la Protección de las Aves. Tuvimos que dejar para otra ocasión la contemplación de los planeos de buitres leonados, cernícalos y águilas.

Continuamos avanzando por pasillos en la roca, angostos senderos, callejones umbrosos, laderas altivas o sorteando pedruscos, que nos regalaban frondosas vegetaciones de madreselvas, hiedras y zarzales en zonas oscuras, árboles abrazados a la pared de piedra o huecos mimetizados que probablemente escondían una vida elemental y mágica, que convive invisible a nuestra tosca mirada.

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Torcal 25

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Ya cerca del tramo último de la senda que escogimos, llegamos a un llano amplio y verde salpicado de peñascos grises, una torca, en la que nos detuvimos unos minutos para contemplar aquellas cónicas esculturas de piedra que nos rodeaban. Aprovechamos para reunirnos en torno a una rueda humana, cogiéndonos las manos para sentirnos palpitar con la tierra, para hacernos uno con el lugar y uno con todos. El silencio se hizo y la magia se presentó.

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Escuchar los sonidos de la naturaleza resulta ser algo indescriptible, pero si a la vez sientes la energía de las personas que te rodean, solo queda decir que es algo que hay que experimentar, y después recomendar, para que se forme una cadena más amplia que la que nosotros formamos, y así expandir un sentimiento de amor profundo a ese paraíso natural al que pertenecemos, y del que nosotros mismos nos expulsamos.

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Cerrando los ojos para sentir más hondo la respiración de la montaña, fue inevitable que se me abriesen solos, de un impulso que me llamó a hacerlo, porque en la dirección en que se me abrieron, allí encontré algo que me hizo exclamar de la emoción: unos cuantos ejemplares de cabra montesa estaban paciendo tranquilamente a unos escasos metros de nosotros.

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Ya sabemos que los animales salvajes son reacios a mostrarse al humano, puesto que lo conocen mejor de lo que él cree, y saben de su inconsciencia e ignorancia en los asuntos de la vida en nuestro planeta. Las cabras montesas aparecen muy rara vez por aquellos riscos a la vista cercana de los excursionistas, porque el ruido —externo e interno— del hombre los mantiene alejadas de ellos.

Aquello fue un regalo y una señal de agradecimiento a nuestro recogimiento del momento, a nuestra necesidad y deseo de hermanarnos con nosotros mismos y con nuestro entorno.

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La parte indómita de mi espíritu me llevó a acercarme a aquel grupo de hembras, a sentirlas más cerca y más dentro aún. Comían apaciblemente y se movían con tal elegancia, que era inevitable sentir una profunda admiración por aquellos seres que, de tanto en tanto, levantaban su mirada hacia nosotros, para seguir con lo suyo.

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A veces sabes por qué ocurren las cosas, aun cuando te hayan enseñado que hay cosas que no se pueden saber, y esta fue una de ellas: no fuimos nosotros los que nos acercamos a ellas para observarlas y maravillarnos, sino ellas las que se acercaron a nosotros y se dejaron contemplar por unos ojos absortos por algo para ellas natural, accesible y ordinario.

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Porque esa es la magia, algo cotidiano que te espera en cada rincón de la vida, cuando menos lo esperas. Pero hay que saber ver con los ojos de la inocencia, de la maravilla, para ser capaz de distinguirla y dejarte tocar por ella.

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Infinidad de atractivos rincones nos llamaban a parar y asomarnos, colarnos por los recovecos de un paraje que escondía unos seres mágicos que cohabitaban la piedra, las plantas y los animales, esos mágicos elementales que insuflan los rincones vivos y no vivos de la naturaleza. Sitios que, sin saber por qué, te atraen irremediablemente en su seno para sentir una vida que palpita detrás y que los conforma.

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Continuamos nuestra andadura, y ahora le llegó el momento a un lugar que se alejaba solo un poco de la ruta en sí y que únicamente algunos con ansia de más, quisimos poner pie en ella.

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Una subida a uno de los muchos accidentes morfológicos que nos rodeaban nos condujo a una especie de explanada pétrea en la que pudimos descubrir unas reliquias ancestrales del pasado, grabadas a fuego a través de millones de años en la roca.

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Se trataba de unos fósiles procedentes de la época marina, cuyas huellas quedaron ancladas como surcos definidos y geométricos en la superficie de la roca.

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Torcal 37

Estos bellos fósiles ammonites podían contemplarse en diversos puntos y de distintos tamaños, remontándonos a un tiempo muy remoto en el que el mar ocultaba este fondo marino para moldearlo en lo que posteriormente se convirtió: un conjunto de altas figuras que conforman un castillo de infinitas dimensiones, con sus gárgolas, torreones y almenas de caliza.

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Tras cerrar el ciclo de la ruta, retornamos al Centro de Visitantes, donde además de los servicios públicos habituales en este tipo de edificaciones, en el Área Interpretativa interactiva podíamos ilustrarnos con interesante y clarificadora información sobre los orígenes de estos montes, su formación y procesos de sedimentación, erosión y establecimiento de la vida en ella, con ejemplos prácticos e ilustrativos.

Después de reponer fuerzas de la caminata del día, retomamos el camino y, después de alejarnos de la zona alta del Torcal y salir de la nube que nos cobijada, descubrimos un radiante cielo que nos esperaba bajo un sol cálido, que nos recompensó por el frío experimentado —que no dejó de ser agradable—, pero que nos dejó también grabada la sensación de haber visitado un lugar mágico y lejano, una ciudad de piedra situada más allá, entre las nubes…

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2 comentarios sobre “La magia de la Naturaleza en EL TORCAL

  1. Muchas gracias Mar. Me ha gustado mucho tu narración. Uno ve con nuevos ojos este lugar mágico después de tu artículo. Gracias por tu modo de conectarnos con estos lugares especiales de nuestro entorno, y a través de ellos, con la Naturaleza en todas sus manifestaciones.

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    1. Gracias a tí, Escarranchal. Vale la pena compartir estos momentos especiales que nos brinda la Naturaleza y que están al alcance de todos, porque a menudo se nos olvida que están ahí, para cuando queramos y decidamos visitarlos, y así disfrutar con ellos.

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