ARTE Y SIMBOLOGÍA del Toreo

Mar Deneb

Los defensores hablan con pasión de arte y tradición; los detractores, de tortura y anacronismo. Aquellos lo defienden a capa y espada —literalmente— y estos lo lapidan hasta con leyes prohibitorias. Pero, ¿y si posturas tan adversas pudiesen acercarse y hasta comprenderse? ¿Podría haber algo en común en ellas, que trascendiese la condición humana y sus cortas miras?

En esta época en la que, como cada año, comienza la temporada taurina y, con ella, la polémica, pongamos un poco de luz sobre ello, de mano de la Historia y del profundo simbolismo encerrado en algo que podríamos denominar EL ARTE DE LA TAUROMAQUIA.

UN POCO DE HISTORIA

Tras apuntar que TAUROMAQUIA es una palabra de origen griego (tavros significa toro y makhë, lucha, combate, batalla), comenzaremos haciendo un poco de Historia, puesto que la perspectiva en cualquier asunto siempre es muy recomendable, para no caer en fanatismos de mentes cerradas que no ven más allá de su mundo y de su tiempo.

Nuestra crónica no comienza ni en la época romana ni en los albores de la Edad de Bronce —donde quizá algunos sabréis que se suele situar los orígenes de ciertas prácticas asociadas al toro—, sino que nos remontaremos mucho más atrás, topándonos con un continente del que apenas se sabe nada de manera oficial y de cuya existencia incluso se duda, por el tinte mítico que se le atribuye.

Sí, hablamos del viejo continente perdido de la Atlántida, que muchos sitúan geográficamente sumergido bajo el mar, en el Océano Atlántico. Diversas fuentes —entre ellas, los escritos de Platón— nos hablan de una práctica ritual que se realizaba en el Templo de Neptuno, en la que el hombre y el toro eran protagonistas. Este era también cazado, pero con lazos y otras artes. Tras reducirlo, el animal era inmolado en honor a los dioses de la Atlántida.

Respecto a la curiosa relación del hombre con el toro, en época ulterior y desde el Paleolítico, existen también evidencias de su presencia, gracias a pinturas rupestres en las que se ven reflejadas imágenes de hombres cazando a este bóvido.

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En la antigua Creta, hay constancia de la celebración de juegos que algunos atribuyen al origen de los ruedos taurinos, en unos frescos del Palacio de Knossos datados en torno al 1500 a.C., que muestran escenas de taurocatapsia o acrobacias con el toro, y en los que intervienen hombres y mujeres.

Posteriormente, los celtíberos sacrificaban a los toros bravos durante espectáculos públicos en templos circulares, a los que se les considera con frecuencia origen de las plazas o cosos de toros.

Pero parece ser que fue con la influencia grecorromana, y en especial durante la populosa Roma, con la que se acabó de despojar a estas celebraciones de su impronta ritual, para establecerla como espectáculo circense. El mismo Julio César, según nos cuenta el historiador Plinio El Viejo en su Historia Natural, fue el que introdujo durante su mandato esta práctica —dentro de las llamadas Venationes, un tipo de juego romano en el que intervenían animales salvajes y exóticos, como toros (urus o bos), leones, osos, panteras, jabalíes…—: la lucha entre el toro y el matador, que iba armado con escudo y espada, además de otras modalidades.

Los luchadores eran los bestiarii y solían ser de baja condición, buscando cambiar su suerte con la aclamación y popularidad, si es que salían vivos de tal proeza. Ovidio mismo nos habla de un famoso personaje matador de toros, Karpóforo, que usaba su escudo y espada, y una tela roja para azuzar al animal. En la Hispania romana se llevaron a cabo en anfiteatros y circos de las villas de Mérida, Tarragona, Itálica…

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El motivo político no era otro que el del esparcimiento para las masas, puesto que la mejor forma de distraer a la plebe era a través de la violencia, alimentando a la ignorancia que, a su vez, generaba más violencia. De esta manera, se evitaban posibles manifestaciones contra un Imperio ya en decadencia.

Más tarde, durante la dominación árabe, hay un dato del siglo IX sobre un espectáculo taurino organizado por cristianos, y se sabe que en España, ya en el siglo XI, la lidia del toro estaba extendida por la península, con la primera referencia bien documentada.

Parejo a la Reconquista, existen datos sobre su existencia también en los reinados de Alfonso X El Sabio en el siglo XIII o de Pedro I El Cruel en el siglo XIV, el cual asistió a una corrida de toros. Durante el reinado en el siglo XV de Juan II, padre de Isabel la Católica, se construyó la primera plaza de toros de Madrid. Los Reyes Católicos rechazaron y anularon las corridas, aunque tampoco las prohibieron.

Tauromaquia 4

Con la llegada de la Casa Real de los Austria, el toreo tuvo una época de esplendor, desde Carlos V hasta Felipe IV, todos participantes activos de la fiesta.

Fue durante esta dinastía, en el siglo XVI, cuando el papa Pío V, a través de su bula De Salutis Gregis Dominici (1567), no solo prohibió su práctica, sino que amenazó con la excomunión. Pero su sucesor, Gregorio XIII, suavizó dicha bula con otra, Nuper Siquidem (1575), a petición de Felipe II, que quiso tener ocupado al pueblo «en otros menesteres» —como los romanos y siempre a través de la historia hasta nuestros días—,  con la sangre del rodeo.

A lo largo de la regencia Borbónica, fruto de la tradición ilustrada francesa, el toreo no se vio nada favorecido, aunque en sus principios con Felipe V, a pesar de prohibirla entre la nobleza, este permitió que se desarrollara entre los plebeyos, que toreaban a pie, en contraposición con la nobleza, que lo había estado haciendo hasta entonces a caballo. A partir de Fernando VII, ya hubo un continuo sin interrupción, afianzando su popularidad hasta la actualidad.

Mar DenebAunque se tienda a pensar que solo en España y Portugal fue donde se realizó el arte del toreo, también se llevó a cabo en países como Inglaterra o Francia. La diferencia es que, mientras que en ellos fue derogada, aquí aún hoy sigue arraigada en nuestra cultura popular, así como en países hispanoamericanos, adonde se trasladó esta práctica durante la colonización de aquellas tierras.

A lo largo de los siglos, también en el arte —Cervantes en el Quijote, Quevedo en una epístola al Conde-Duque de Olivares criticando la crueldad inflingida a estos animales, Goya en sus pinturas, Lorca y otros muchos artistas hasta nuestros días—, se ha hecho algún tipo de alusión a la tauromaquia de su época. Como vemos, se trata de algo que se ha realizado durante siglos y que se vino estableciendo en nuestra idiosincrasia.

SIMBOLISMO DEL ARTE DEL TOREO

Para entender una simbología de tal importancia, es vital bucear en aquellas épocas pretéritas de la Atlántida. Ya entonces simbolizaba toda una trama que podríamos tildar de esotérica, debido a su condición de conocimiento oculto a lo largo de las eras, de corte iniciático y que esconde una enseñanza trascendental.

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¿A qué se debía esta lucha del hombre con la bestia? ¿A quién representa esta, como para denominarla así? Pues al más perseguido y atacado de todos los tiempos, desde que el hombre es hombre: al Ego. Ese Yo que todas las filosofías, todos los místicos, pensadores y maestros de las grandes religiones han mostrado como la bestia interna —nuestra ira, envidia, orgullo…—, asociada a nuestro trabajo interior, el que nos llevará a la categoría de Maestro o Ser de Luz, avanzado espiritualmente.

En la alegoría del toro a lo largo de las distintas culturas, se entremezcla una concepción de corte mítico y sagrado con una representación de la bestia bramadora o ego, personificando todos nuestros defectos psicológicos.

Ejemplos de ambas representaciones los encontramos por doquier. Desde el toro alado de los babilónicos, que adornaban las puertas de sus templos, hasta el de los persas, que formaba parte de los ejércitos de la luz de Ahura Mazda, el Cristo para ellos, pasando por los sumerios, que representaban al dios Ishkur con un toro.

En la cultura cretense, a la que ya hicimos mención, Teseo vence al minotauro para poder salir del laberinto, ayudado por el hilo de Ariadna. Asterio, el minotauro, era un joven con cabeza de toro, fruto de la unión de la reina Pasifae, hija de Helios, con un toro blanco sagrado.

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Todo ello es símbolo de la lucha psicológica que debe librar el iniciado contra sí mismo,  como sucede en la historia de Mitra. Este dios, montado sobre un toro que lleva un cuchillo clavado en el lomo, tras la transformación por el sacrificio del ego iba regalando al mundo flores, con la sangre que emanaba de él. Sobre el 200 a.C., en la península ibérica se introdujo su culto y se sacrificaba a un toro, bautizando a los fieles con su sangre.

Con Hércules y sus doce trabajos, encontramos al toro en su sexto trabajo, en el que debe capturar al toro de Creta, al que agarra por los cuernos tras un breve forcejeo. En el quinto, limpia los establos de Augia, es decir, limpia el subconsciente, después de haber vivido en él unos cuantos toros.

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No olvidemos tampoco que la representación del Evangelio de San Lucas es un toro alado, distintivo también de la nueva tierra regenerada.

Es gracias a toda esta simbología que nos ha acompañado a través de los siglos, que hemos podido seguir transitando este duro camino de ascendencia humana, puesto que radica en el hombre un ansia de regresar a su origen, al hogar, una aspiración de evolucionar, de crecer y ennoblecerse internamente. En definitiva, de ser mejor persona.

¿Y el Maestro? En esta obra de teatro que nos ocupa, ¿quién tendría atribuido este símbolo? Ya lo habréis averiguado: no es otro que el torero. Él es el Maestro que, blandiendo su espada, culmina el proceso de la lucha con el dominio y muerte del toro. La interpretación errónea y machista sobre la palabra Hombre —equivalente del Maestro ascendido— hizo, como en tantos otros asuntos humanos, que el toreo fuese considerado siempre «cosa de hombres», marginando así a la mujer torera. Es el Hombre con mayúsculas, sea varón o hembra, quien puede enfrentarse al toro interno y salir victorioso.

Así, el torero sale al ruedo —que significa la rueda de la vida, donde antiguamente estaban representados los doce signos estelares del zodíaco—, envuelto en la capa de la ilusión, de maia, y provisto de la espada de la voluntad, aquella que será la que acabe con la existencia de la bestia del ego. Él es el único que puede realizar tal proeza, puesto que es el único que tiene la categoría de Maestro —y así se le sigue llamando—, siendo dueño de su propia voluntad consciente.

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Lo acompañarán sus discípulos aventajados o compañeros, los banderilleros de la cuadrilla que lo escolta; mas ellos no podrán portar la espada que dé muerte al animal, aún no, no es tarea fácil el dominio de la voluntad y la doma del ego. El aprendiz, el menos evolucionado y que todavía lucha en este juego de la vida, será el picador, que no va a pie si no a lomos de un caballo, animal que representa al cuerpo y a la mente, sus deseos e instintos indomados; la falta de control sobre ellos hace que la bestia nos coja y acabe victoriosa —hasta principios del siglo XX el caballo no llevaba peto y caía muerto en la plaza—.

Si nos fijamos en el atuendo del maestro torero, lleva un traje de luces: el Maestro es aquel que ha alcanzado la luz de la conciencia, es un ser de luz. Sobre la cabeza lleva una montera, curioso sombrero que simboliza la apertura del chakra corona—chakra=rueda, centros de energía situados en determinados lugares del cuerpo, asociados a importantes órganos—, situado en la coronilla, que sería el equivalente a la aureola de luz con la que se representa a menudo a los santos.

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En los pies, calza unas manoletinas, que llevan sendos lazos o moñas, restos de una simbología alada que eleva al maestro sobre el suelo, sobre lo terrenal, cual Mercurio con sus alas en los pies, símbolo siempre de la elevación sobre la materia de quien las porta. Los antiguos alquimistas hablaban de eliminar a la bestia interna trabajando con el mercurio interno.

Y por último, uno de los hábitos tradicionales del matador de toros es montar un altar en el que rezarle y encomendarse siempre a su amada Virgen, tan presente en tales lides, antes de ir al ruedo.

Según muchas antiguas religiones, se enseñaba en secreto que todos tenemos un padre interior y una madre interior. En aquellas, la diosa madre, Isis, Adonia, Rea, Cibeles o tantas otras —en las que hunde sus raíces el papel que asignó la Iglesia cristiana a María, madre de Jesús—, reflejaba a la encargada divina de la protección del iniciado, a cuyas energías este invocaba. La madre divina es la que realmente tiene el poder mágico para vencer al ego animal.

CONOCIMIENTO Y COMPRENSIÓN

Si el taurino pudiese comprenderse a sí mismo y su proceso inconsciente, quizás tomase distancia y descubriese hasta qué punto una enseñanza de tal calibre ha sido manipulada y tergiversada a lo largo de la historia, derivando a un trato nada compasivo hacia sus compañeros de camino, los animales, y que va más allá de la trascendencia vital que los empuja a seguir con el rito.

Mar DenebEs como si los amantes del toreo se empeñasen en llevar a la práctica de forma externa, una simbología que solo puede tener lugar en el interior y en la conciencia de cada uno, que es realmente adonde llega esa información tan potente cuando ven representar una corrida de toros.

Si dejáramos de apoyarnos en la socorrida excusa de permanecer con una tradición, solo porque lo es, igual quitaríamos peso a esta y a otras fiestas patronales que utilizan a los animales como objeto de diversión, solo por el hecho de llevar haciéndolo durante siglos. Según esto, aún seguiríamos con los ahorcamientos en las plazas de las ciudades como acto ejemplar, ante mujeres y niños, o con algo tan español como la muerte por garrote vil.

Y quizás el antitaurino pudiese así comprender esa pasión visceral tras el taurino, que lo empuja a ir más allá de algo tan elemental y repudiable como el sufrimiento de un animal. El radicalismo en cualquiera de sus vertientes, aunque parta de una base incluso humanista, nunca llegará a buen puerto, puesto que solo provocará eternos enfrentamientos y una lucha irracional y violenta del hombre contra sí mismo.

El acercamiento, en cambio, y sobre todo el conocimiento y la comprensión —pasos previos e imprescindibles para poder abandonar esta práctica con la suficiente conciencia—, nos harán recordar que viajamos todos en el mismo barco, en esta Gaia que nos lleva por un sendero en el que recordar lo que fuimos y lo que volveremos a ser: seres en constante evolución, creciendo, madurando y acercándonos a ese mundo confraterno de compasión y respeto por todo ser vivo.

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4 comentarios sobre “ARTE Y SIMBOLOGÍA del Toreo

    1. Muchas gracias, Nina…
      He intentado plasmar un tema que es amplio y profundo, y a la vez delicado por la controversia que suscita, pero siento que ha valido la pena.
      A veces, los pasos más importantes se dan cuando uno se conciencia de las cosas, y para ello antes hace falta información.
      Un beso.

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  1. A mi también me parece muy interesante, como a Nina. Pero además del artículo, que calificaría de “apasionante”, quiero felicitarte expresamente por esa otra vía del acercamiento entre las partes que propones en el último párrafo del artículo, que me parece “magistral”, y que se podría sacar de este contexto y aplicar a otros muchos, con igual acierto. Gracias.

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    1. Gracias por tus felicitaciones. Da mucha satisfacción ver que lo que se escribe llega a los demás en la forma en que una pretende, transmitiendo su esencia.
      El acercamiento entre partes aparentemente contrarias es algo que urge cada vez más hoy en día, para ir más allá de esa absurda dualidad que nos separa inútilmente. Tenemos en común muchas más cosas de las que pensamos.

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