Ardo por ti, Candela: CAPÍTULO 4

Mar Deneb

Capítulo 4

OJOS DE MIEL

¡Oh, Siete, si vieses cómo me abrazó el otro día! Menos mal que me pilló flojita, que si no, me pongo caliente de pies a cabeza.

Siete la mira. Levanta las orejas y ladea la cabecita.

– No, no me mires así. Que un año es mucho pa mí. Y eso que con Lorenzo parecía que había casi que violarlo antes para que le viniesen las ganas. Pero claro, ahora eso ya no me extraña.

Se queda silenciosa y pensativa. Demasiado pensativa…

– Bah, que no me voy a comer el coco, que eso hace un siglo que pasó, ¿verdad, melenas?

El melenas de color tostadito y cuello blanco se le acerca corriendo y pone las patitas delanteras encima de sus piernas.

– ¡Qué cosconcete eres, ay…!

Le rasca la cabecita, se levanta y se pone a preparar la comida.

– Y cómo me miraba, después de llorar yo. ¡Uau! Yo fijamente, sin miedo. Y él… ¡madre, que me traspasaban esos ojos verdes! Vamos, lo que te digo, que si no me llega a pillar flojita, no sé lo que me hago.

Pica el ajo y lo echa al sofrito en la olla. Se oyen sus crujidos sobre el aceite, y un aroma intenso se esparce por la cocina, acompañando la calidez con la que la lumbre ha impregnado cada rincón de la habitación.

– ¡Qué lío tengo en la cabeza! No me hallo, Siete: que si ahora quiero olvidarme de to pa no darle vueltas a na; que si ahora me cojo el móvil cada dos por tres a ver si me ha escrito; que si ahora no quiero pensar nada, nada, en él; que si ahora quiero que me abrace y se meta en mi cama…

De pronto, deja de remover el sofrito y se queda muy quieta con la paleta de madera en la mano.

¡Ay, Dios mío, que esto es más grave de lo que yo pensaba!

Mar Deneb– ¡Hey, Antonio, qué de tiempo!

– ¡Oooh, Candela, pero qué alegría!

Un moreno cautivador de ojos de miel clara, que brillan ahora como el sol, la está mirando con sonrisa abierta y pícara.

Se dan un buen abrazo y dos besos.

– ¡No me lo puedo creer, hacía un montón de años!

– Pufff, mejor no contarlos, que nos va a hacer viejos.

– ¿Qué es de tu vida, chaval?

– ¡Uh, si yo te contara! Dos telenovelas por lo menos.

– ¡Ja, ja, me lo creo! En la facu te montabas unas historias que pa qué.

– Pero, ¿y tú? ¡Estás fantástica! Te veo bien, niña.

– Bueno, me pillas hace un mes y no tanto, no tanto.

– Las vicisitudes de la vida, ya se sabe, je, je. ¡Qué alegría volver a verte después de tanto tiempo! Oye, ahora tengo prisa pero, ¿nos vemos tranquilamente, y charlamos y nos ponemos al día?

– Cuando quieras.

– Yo este fin de semana lo tengo totalmente libre. ¿Qué te parece el sábado?

– Genial. A las ocho, las nueve…

– A las ocho y media. ¿Sigues en tu casa, Cande? ¿En la misma casa?

– Sí, sí, allí sigo.

– Pues te recojo.

– Me parece increíble quedar así de pronto, sin más, contigo, después de todo este tiempo.

– ¡Pues anda que a mí!

– Venga, pues nos vemos en mi casa. Llamas y bajo, y ya pensamos dónde vamos.

– Vale. ¡Hasta el sábado!

– ¡Adiós!

Dos besos cariñosos y ella sigue su camino a casa.

¡Qué barbaridad! Con la de tiempo que hacía que no veía al Antonio.

¿Qué habrá sido de su vida en estos años? Sí, de novelón seguro, que iba dejando culebrones con cada muchacha a la que se acercaba. No era para menos, con esa simpatía y ese atractivo que despertaba en todas ellas. Sus historias no salían muy bien paradas, o para uno o para la otra, pero allí que seguía él, con su eterna sonrisa, dispuesto a conquistar de nuevo el mundo, y con él a otra chavala.

¡No lo intentó de veces con ella! Pero nada, que a ella se le había metido entre ceja y ceja aquel guapo mentecato de Lorenzo, al que todas querían trincar pero con las que él se mantenía firme.

Firme, sí, sí, eso no me lo creo ya ni yo. Ése se cepillaría a todas las que se le pusiesen por delante.

¡Ay, Candela, que no, que lo dejes, que ya está!

Mar Deneb– Bajo, Antonio.

Se saludan y charlan animosamente y sin parar.

– Bueno, va a haber que plantearse cuál va a ser nuestra primera parada, porque si no, no nos movemos de aquí en toda la noche. ¿Alguna sugerencia?

Calla. Ni lo mientes. Ese pub de momento ni pisarlo, como si no existiese. Porque si no te lo encuentras, malo, y te vas a sentir un poco ridícula; y si te lo encuentras, pobre Antonio, que no se merecería que lo ignorases de esa manera.

– Bien, veo que no hay sugerencias. Te voy a llevar a un bar de tapas que conozco, para empezar a picar. La noche es joven.

Él le pasa el brazo por los hombros y echan a andar.

– ¡Ay, mi Candela, me tienes que contar muchas cosas!

Mar Deneb– No tenía ni idea de que habías estado viviendo en el extranjero. En todos estos años he estado un poco desconectada de todo y no he visto a nadie que supiese de ti.

– ¿Y eso? ¿Por qué has estado desconectada? Cuéntame, que ahora te toca a ti, que llevo media noche na más que charlando yo. Vamos por el segundo bar y todavía no sé nada de ti. Además, a mí ya no me queda mucho que contar. Salvo que no conozco a ninguno de los niños pelones que he debido dejar en cada puerto…

– Ja, ja, ja, ¡qué cosas tienes!

– Venga, dime qué te aisló del mundo, a ver. O quién…

– Bueno, quería decir que desconecté de aquel mundo. Pues que me eché novio, Antonio, por fin.

– ¿De verdad? Me alegro, tú te lo merecías más que ninguna. ¿Y quién fue el agraciado? ¿Lo conozco?

– Me temo que sí.

– ¿Ah, sí? A ver, ¿quién supo conquistarte mejor que yo? Que ahora mismo voy a darle la enhorabuena y a pedirle que me dé un cursillo acelerado.

– Me da hasta vergüenza decírtelo.

– ¿Que te da vergüenza? ¿Por qué?

Es la primera vez que se pone grave y ceñudo en toda la noche.

– Fue Lorenzo…

– ¿Lorenzo? ¿Lorenzo alias Gomina?

 – Sí.

Casi no le sale el monosílabo.

– ¿Ése? ¿Ése por el que se pirraban todas las mujeres calentonas del lugar?

– ¿Incluida yo, quieres decir?

– No, no, claro que no, ya sabes que no. Es que no soportaba a todas ésas que iban tras él, mientras él las vacilaba. No me acercaba a ninguna porque para mí, ya nada más por eso, perdían puntos.

– ¡Qué bonito me pones el panorama!

– Perdona, Candela, bien sabes que yo no quiero molestarte por nada del mundo, pero también sabes que no me callo ni bajo agua, y se decían unas cosas de ese tipo… Pero dime, dime, que eso fue hace bastantes años, y todos sentamos la cabeza algún día. O casi todos, ja, ja, ja.

– No me considero una mujer calentona, pero a mí también me pirraba, aunque te cueste creerlo.

– No, si el chico era bien parecido y estaba cachas; lo tenía mucho más fácil que yo. Además, yo tampoco lo traté mucho, no lo conocí bien realmente. Pero ahora que sé que es él, me alegro igualmente por ti, de verdad; si te hace feliz, yo ya me callo.

Quien se calla es ella. No le apetece mucho hablar del tema.

Y además, allí empieza a hacer calor. El bar está atestado de gente que no para de hablar alto y soltar risotadas estruendosas.

– ¿Qué pasa? ¿He metido la pata otra vez? No me eches cuenta con mis cosas, ¿eh? Tú a lo tuyo. Y cuéntame, que ya te dejo hablar.

– Ay, Antonio, que no, que cortamos hace un año.

– ¿Eh? Vaya, lo siento. ¿Y eso? ¿No funcionó? ¿Y estuvisteis mucho tiempo?

– Siete años.

– ¡Arrea, eso es un tiempito! Con la cabeza asentá, me refiero.

– Nos pasamos como unos tres años, de esos siete, tonteando un poco. Bueno, más bien yo, pero nada. Y ya lo hicimos más formal. Con suegros y todo, Antonio, ni yo me lo creo.

– ¿Y qué pasó? ¿Os fue bien en esos años?

– Sí, bueno. Yo pensaba que sí, hasta que un día él dijo que nanay de la China.

– ¿Así, de pronto?

– Así, de pronto. He necesitado un año para recomponerme, y encima, hace poco menos de un mes me entero de que estaba con otra cuando me dejó. Y el muy cobarde no fue ni pa decírmelo. Así que ya no sé ni qué pensar de la relación, porque igual me ocultó más cosas.

– Si es que ese engominao a mí me daba mu mala espina, Candela. Si llego a estar yo por aquí, ése no tiene ni un año de relación contigo.

La mira muy convencido y seguro de lo que dice.

– ¡Ja, ja, no digas memeces! A mí me gustaba y yo hice lo que deseaba hacer, que para eso me costó mucho conseguirlo. Pero me equivoqué y ya está.

– ¿Y has vuelto a contactar con él desde entonces?

– No. Supe lo de la otra por Esther. ¿Te acuerdas de ella? Es la única con la que mantuve el contacto, y la veía a ella y a sus amigas.

– ¿Esther? ¡Ojú, Candela! No es por ofender, pero vaya compañías que has tenido tú en estos años, chiquilla.

– Pues ya ves. El día que me lo contó, la mandé bien lejos.

– ¡A la mierda directamente!

Todos los de alrededor los miran de sopetón.

– Shhh, Antonio, ¡qué basto eres!

– Es que ésa no era trigo limpio, te lo digo yo, que a ésta sí que la traté.

– ¿Ah, sí? Nunca me dijo nada ni me hablaba de ti.

– Porque la calé pronto, y ya perdimos el contacto.

– En fin, el caso es que me alegro de que hayan salido de mi vida. Ha sido como si me hubiese quitado un gran peso de encima.

– ¡No me extraña! Y en este último año, ¿ha habido algo?

– Ya te digo que me acabo de recuperar de todo. Lo que sí tengo son unas ganas de empezar una nueva etapa y comerme el mundo entero y todo lo que se me ponga por delante.

– Mmm… ¿Todo, todo lo que se te ponga? ¿Y en qué sentido? ¿Tienes ganas de comer literalmente hablando?

– ¡Uy, Antonio, pero qué guarrillo eres!

– ¡Ja, ja, ja! Vámonos, anda, vamos a tomar unas copillas y que nos dé un poco el aire.

Mar Deneb– ¡Lehaim!

– ¿Cómo?

– ¡Por la vida! Brindemos por la vida. Tranquilo, es hebreo.

– Ah, vale, por la vida, guapa.

Tintinea el cristal inmaculado de las copas y beben unos sorbos de sus licores de colores.

– ¿Y a qué dedicas ahora tu tiempo libre?

– Pues poca cosa: a descansar, a estar con mi perrillo, a ver pelis chulas en el dvd, a leer buenos libros, a cuidar mis sufridas y escasas plantas, antes iba con Esther al cine, y más últimamente voy a alguna conferencia.

– ¿Y eso? ¿Sobre qué temas?

– El lado sensual de la vida, la creatividad…

– ¿El lado sensual? Ja, ja, pa eso yo prefiero el sexual, que lo lleva ya incluido.

– ¡Ay, Antonio, siempre pensando en lo mismo!

– En lo único, querrás decir, je, je.

– ¿Cómo va a ser lo único?

– Pero, Candela, ¿qué te pasa? Ya sabes cómo soy, no he cambiado en eso. La que sí que veo que ha cambiado eres tú.

– ¿Yo? ¿Por qué?

– Porque no sé cuántas caras raras me has puesto ya esta noche, cada vez que decía alguna bordería de las mías.

– Pues eso, no me gustan las borderías.

– Antes no te importaban. Nos reíamos mucho.

– Antes era antes.

– ¿Y ahora qué es? En vez de abrirte con la edad, ¿te estás volviendo decente?

– Decente he sido siempre.

– Ya, ya, si ése va a ser tu problema, que por eso acabas con un Lorenzo, que de decente tiene poco. ¿Es eso? ¿Ha sido él el que te ha transformado en alguien que no quiere saber de sexo?

– No, tampoco es eso. Es que…

Se interrumpe ella sola.

– ¿Que qué? Tú siempre has tenido un puntito morboso que ya quisieran muchas de las que he conocido.

– ¿Yooo?

– Sí, así que, ¿a qué viene eso? ¿Qué fue de la liberación sexual de la mujer? No, bueno, en serio, qué pasa…

– Sí, seguramente ha sido esta relación de tantos años. Él era más bien chapado a la antigua.

– ¿En la cama también?

– Esas cosas son muy íntimas, Antonio.

– Pero entre amigos se cuentan. Cuando hay confianza, claro. Es verdad que hace muchos años que no nos veíamos, pero para mí es como si te hubiese visto ayer: si necesitase compartir algo contigo, lo haría ahora mismo.

– Yo no necesito compartir algo así.

– Pues yo creo que sí, porque te vendría muy bien hacerlo. No te veo mal, pero el brillo de tus ojos es triste. Y ríes mucho menos que antes, tienes tus sentidos como dormidos.

– No me hables de sentidos… Las experiencias influyen, y una va cambiando.

– ¡Pero a peor nunca, picha! A ti te pasa algo, que yo te conozco bien.

– A mí no me pasa nada.

– ¿Te digo yo lo que te pasa? ¿Lo que tú necesitas?

– ¡Venga, listo!

– Que llevas un año sin follar. ¡Tú lo que necesitas es un buen polvo!

No puede cerrarla, que se le ha quedado abierta y tiesa. La boca de ella.

– Pero… ¿esto qué es? ¿Que ahora a los hombres os ha dado por ir de sabidillas y darme consejos?

– No lo niegas, entonces.

– ¡No tengo por qué contestarte a eso!

– Mujer, no te enfades, que te lo digo de buenas, y eso le viene bien a todo el mundo.

– No lo dudo, pero no suele ir la gente por ahí haciéndolo con el primero que pasa, ¿no?

– No, no. Bueno, hay quien lo hace, pero yo no me refería a eso. Aunque tampoco necesitarás tener un anillo de compromiso en el dedo para ir a la cama, ¿no?

– Claro que no. Pero no es una prioridad para mí, no es algo que necesite; puedo pasar sin eso.

– Sí, claro, y los curas y las monjas también, y ahí tienes algunos después con sus perversiones. Sólo era un consejo, porque me parece que necesitas un poco de esparcimiento en el cuerpo y en tu vida, amiga.

– Pues ya te digo yo que no.

– Pues si algún día te viene la necesidad, ya sabes que yo estoy siempre necesitao.

Le guiña el ojo con un encanto… ¡Ay, este Antonio!

– ¿Y unos bailes? ¿Movemos un poco el cuerpo esta noche? Sensualmente, me refiero, sin la equis.

– No, déjalo, hoy no; otro día. Y yo creo que me voy a ir para casa.

– Sí, es un poco tarde. Te acompaño hasta tu casa, por supuesto.

– Vale, gracias.

Mar DenebLlegan al portal del piso. En el ambiente se respira alegría y satisfacción, dos dulces regalos del reencuentro.

– A ver si un día de estos conozco a tu perrillo.

– Sí, sí.

– No sabes la alegría que me da volverte a ver, y lo a gusto que he estado esta noche contigo.

– Yo también, Antonio, tenemos que retomar lo que dejamos allá hace años. Además, después de dejar de ver a Lorenzo y ahora a Esther, y a los amigos de los dos, no tengo mucha actividad social. Así que cuando quieras: estoy libre.

– ¿Estás libre, guapa? No me lo digas dos veces.

– Ja, ja, tendré que reírme, porque contigo no me queda otra cosa. Bueno, sí, tu amistad, que me va a venir muy bien.

– ¡Hecho!

Ella lo mira fijamente y con un brillo delatador en los ojos.

– ¿Qué?

– No, nada.

– ¿Cómo que nada? ¿Por qué me has mirado así?

– No, estaba pensando.

– ¿Y se puede saber el qué?

Uf, cómo duda… ¿Se lo pregunto?

– Venga, Candi, suelta, no seas tan corta. Que por tu mirada me parece que me va a gustar.

– Hey, no, no te confundas. No tiene que ver contigo. Sólo me gustaría saber una cosa.

– Ah, bueno. Entonces lo de subir a tu casa lo dejamos para otro día, ¿no?

– ¡Antonio, cómo eres!

– Nada, nada, pregunta.

– Como hombre que eres… ¿cómo tendría que comportarse o qué podría hacer una mujer para tener algo con un hombre que le gusta, pero sin que piense que es una… tú sabes, una mujer fácil?

Ahora es a él al que se le queda abierta y tiesa. La boca.

– ¡Así que te gusta alguien! ¡Qué calladito lo has tenido toda la noche!

Su voz tiene un matiz reticente muy sospechoso. Es la segunda vez que se pone serio.

Muy serio.

– Bueno, gustar, no sé…

– O sea, que sí. ¿Y a éste también lo conozco?

– No, qué va, lo he visto sólo un par de veces.

– ¿Y de un par de veces ya te lo quieres llevar a la cama? Debe de atraerte y mucho.

– No, no, que no es lo que piensas. Además, han sido tres veces, en realidad. Y sobre todo la última fue muy intensa.

– Mmm… ¿intensa?

– No, no de esa forma que estás pensando. Tiene la habilidad de ser a veces muy directo, y yo acabé hecha una magdalena.

– ¿Uno que hace llorar a las mujeres? ¿Ahora te vas a juntar con uno de esos?

– Que no, que no, al revés: él sólo quería ayudarme, pero yo con todo esto de Lorenzo y lo de Esther tan reciente, pues exploté y ya está. Y que estaba con la regla, supongo que también fue eso.

– Y quieres que te diga cómo hacer para tener algo… Para mí no tienes que hacer nada, desde luego.

– Pero tú no eres él.

– Ya, ya me voy percatando. O sea, que pretendes que te aconseje para que otro pueda disfrutarte.

Uf, Antonio tan tirante… Esto no pinta nada bien. No tenía que haberle dicho nada.

– No pensé que te fueses a poner así. Si no, no te lo cuento.

– No, si está bien que me lo digas. Así sé a qué atenerme.

– Antonio, acabamos de vernos después de mucho tiempo. ¿En qué pensabas?

– No, yo nada… Enterarme de que estabas sola, volver a verte y el alcohol han hecho que despertase en mí algo que no debió ni de existir nunca.

– Lo siento, Antonio. No era mi intención.

– Tú no tienes que ver, chochona. Soy yo aquí el único gilipollas, porque otra cosa no soy.

– ¡Oye, tú de eso no tienes nada! Eres un buen amigo, siempre lo fuiste. Hace mucho que hablamos de eso, y ya te lo aclaré.

– Sí, sí, no se me olvidan las calabazas que me diste. Y no quiero que me las tengas que volver a dar. Me gustas, y lo sabes de sobra, por no hablar de lo que siempre he sentido. En estos años pensaba con frecuencia en ti, y me preguntaba cómo te estaría yendo.

Y eso que hoy sí que no se ha arreglado apenas ni maquillado: unos vaqueros negros, y una blusa y cazadora resueltas de colores ocres. Eso sí, unas buenas botas de caña alta también marrones.

– Me encantaría poder ayudarte, porque soy tu amigo, y tal como te he visto esta noche, tan cambiada, me imagino que ha debido de costarte trabajo llegar a preguntarme eso. Pero justo en estos momentos, sinceramente, no puedo hacerlo.

– Bueno, no pasa nada, lo entiendo.

– No, no creo.

– Sí, Antonio, sí. Yo sé lo que es que te guste mucho alguien y que quieras hacer de todo con él y no poder.

– Tu querido Lorenzo.

– Mi querido Lorenzo, como tú lo llamas, me ha dejado muy maltrecha, sí, tienes razón en todo lo que has dicho de mí esta noche, hasta en lo del polvo, no lo voy a negar. Tú te has sincerado y yo te lo agradezco. Pero mereces que yo también lo haga.

Madre mía, que se ha arrancao y ya no la alcanza nadie.

– No sé qué cosas me están pasando en las últimas semanas, pero me están revolucionando de alguna manera por dentro, y ahora además apareces tú y me dices esas cosas.

– Oye, yo no quiero fastidiarte.

– ¡Anda ya! Lo único que has hecho es ponerle la guinda al pastel, a la tarta de mi nueva vida, porque me has hecho recordar lo que yo era antes, y hasta qué punto me había estado consumiendo y desapareciendo.

»Quiero tenerte como amigo, porque siento que no has vuelto a entrar en mi vida porque sí, tú tienes un papel que hacer en esta nueva etapa mía, pero si por tus sentimientos o tus deseos no puedes estar ahí, no hay ningún problema. Tú estás en lo que tengas que estar y hasta donde puedas, que yo estaré encantada de tenerte.

– Ya…

– Venga, alegra esa cara, o voy a tener que ser yo la que te lleve a bailar.

– Bueno, a mí estas cosas no me duran mucho, sobre todo si es por segunda vez. Es sólo esta noche, seguro.

– Siento habértela jorobado, con lo feliz que se te veía.

– Es sólo asimilarlo y ya está. Pero te adelanto una cosa…

– Dime.

– Pienso seguir siendo el mismo contigo, y voy a continuar hablándote de sexo y mucho más.

– ¡Faltaría más, ja, ja, ja! Es que quiero que lo hagas.

– No lo voy a poder evitar de todas maneras…

– Perfecto. Porque yo necesito que me espabiles, para poder comerme a gusto el mundo… y lo que sea.

Bueno, por fin sonríe algo. Y se miran.

Y hoy, con esos vaqueros claros apretados y ese suéter celeste de algodón que oscurece aún más su lacio cabello azabache, se le ve tan juvenil; los años no han traicionado su atractivo. Ummm, y el mentón masculino tan meticulosamente rasurado…

Continúan mirándose sosegadamente.

Y él se acerca ahora peligrosamente…

La abraza.

Debe tener un imán de hombres últimamente.

Y le susurra:

– Gracias, Candela, por tu sinceridad. Eso siempre me ha gustado de ti. A veces cuesta que hables, pero cuando lo haces, eres sincera y dulce. Haces que sea más fácil.

– Es que sé lo que es estar en ese lado.

Un minuto. Dos. Tres.

La fragancia de Antonio es más penetrante, pero es tan envolvente…

– Bueno, venga, a dormir, que éstas ya no son horas de charlar en ningún portal.

– ¿Cuándo nos vemos, Anto? ¿Nos llamamos?

– Yo te llamo, ¿vale?

– Sí. Tú mismo.

Se besan las mejillas, y Candela saca las llaves del bolso y empieza a abrir la puerta.

– Hazle ver que sabes lo que quieres, y que eso no significa que pueda hacer lo que quiera contigo.

– ¿Cómo?

Se gira y ve que Antonio está parado a unos metros, observándola.

– Sé encantadora con él y lo tienes en el bote. Tú eso lo tienes fácil.

– ¿Yo? ¡Venga ya!

– Te debe de gustar mucho, Candela, porque tú no eres mujer de ir detrás de un hombre sólo por su cuerpo. Ha debido de tocar algún resorte dentro tuya para que te interese tanto, y eso que estás más cerrada ahora que hace años.

– Pues quiero abrirme: como antes y más allá. Quiero liberarme.

– ¡Uy, te ha dado fuerte!

– No, no es sólo él. Ya te digo que por fin estoy dejando atrás estos años de ausencia propia, por decirlo así, porque es como si por conseguir un estúpido capricho, me hubiese metido en un mundo perfecto con todo lo que una mujer se supone que aspira a tener. Pero he sido infeliz, porque no he sido yo misma.

– Nunca dejes de ser tú misma. A mí me gustas por lo que eres.

– Y en todo este proceso, resulta que aparece Roberto, y casi sin conocernos, yo siento ya que va a revolucionar más cosas aún en mí. No puedo quitármelo de la cabeza.

Antonio se acerca de nuevo al portal y a ella.

– Te gusta, te atrae… hay feeling.

– Pero es algo más que gustar. Me entran ganas de abrirme a él, y no lo conozco de nada.

– Bueno, a bastantes mujeres os pasa un poco eso cuando os gusta mucho un tío. Que estáis dispuestas a todo, os dais por entero.

– Me entra una cosa por el cuerpo cuando pienso en él…

– Entiendo de qué me hablas…

– No es que quiera acostarme con él, porque eso no está bien, sin apenas conocerlo, pero es que me atrae tanto, todo él…

– ¿Y por qué no iba a estar bien? Si él quiere, que seguro, y tú también…

– Yo no sé si él quiere.

– Los hombres siempre quieren.

– Pero es que no quiero que se aprovechen de mí.

– Pues haz lo que te he dicho antes. Tienes que saber tú primero lo que quieres, y después hacérselo saber de alguna manera, pero siempre dejando patente que no vas a hacer lo que él quiera, si tú no quieres. Mientras tú controles la situación, no hay problema.

– Parece que hubieses conocido a muchas mujeres manejarse así.

– ¡No, qué va, ya quisiera yo! Pero alguna sí, y ésas te lo dejan muy claro: que son libres, pero no fáciles.

– Ah…

Antonio la mira de tal manera a los ojos, que casi la ruboriza.

– Ve a por él, Candela. No lo dejes ir, que si no luego te arrepentirás. Porque tú eres una de esas pocas mujeres que te digo, de las que sabéis vivir, libres… si os lo permitís, claro.

Candela le da un fuerte abrazo y un beso.

– ¡Qué feliz me hace tenerte aquí de nuevo!

– Pues a ser feliz, bonita. Te llamo.

– Hasta pronto.

Acerca de nuevo la llave a la cerradura.

– ¿De verdad que te lo follarías?

Ella se vuelve una vez más, escandalizada, y le saca la lengua.

– ¡Oh, Dios mío, eso es un sí!

La puerta se abre y…

– ¡No puedo, Siete, no puedo, la telenovela mañana, que vengo muerta!

Fin del Capítulo 4

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