Ardo por ti, Candela: CAPÍTULO 3

Candela 3

Capítulo 3

EL TREN DE LA VIDA

Aquí está: Rompe las cadenas de tu creatividad. Dentro de dos semanas.

He de empezar a hacer limpieza en mi vestuario, que las polillas están ya ancianas. Y un nuevo equipo de maquillaje también, que éste apesta a rancio.

¿Qué es? ¿Será la primavera? Que se come el mundo entero. Pero de verdad, que no es por animar.

Será que ha dejado atrás una vida y viene otra por descubrir. Será que empieza un nuevo día cada día que hay que exprimir. Será que la vida se le espachurraba antes y ahora se le derrama desde la cabeza hasta los pies.

Que quiere vivirla. Que quiere ser mujer.

Ardo por ti, Candela: FiligranaLa misma sala. A la misma hora. Otro viernes.

Esta vez no hay libros. No será escritor el conferenciante, que esta vez es hombre. Hay más personas, más alboroto, aunque sea temprano.

Observa a la gente. No parecen ser los mismos de la otra vez ni se asemejan. Tema diferente, pintas diferentes. Curioso.

Los va mirando a todos… ¿Estará él?

¡Ea! Ya se te ha escapado. Domínate, anda.

No, no quiero pensar. Es sólo un conocido que no conozco. Es agradable, pero nada más.

Se sienta. Mira el móvil, por si alguien le ha llamado o le ha escrito. Pero… ¿quién va a hacerlo?

Los siete años de relación con Lorenzo la aislaron de su vida anterior, excepto de Esther, de la que ahora se ha aislado de motus propio -y no es para menos-. Los amigos con los que a veces salían eran las parejitas plastas amigas de él. Insufribles…

En fin, que no hay nada de nada en el móvil, menos sus fotos y sus vídeos. Lo guarda y mira alrededor.

Nada.

Será mejor que te olvides.

Sí.

Además parece que empieza ya…

Ardo por ti, Candela: Filigrana– No creerías que te ibas a librar de mí tan fácilmente, ¿no?

Estaba a punto de salir por la puerta de la calle cuando surgió de repente, entre el gentío que estaba por la entrada.

– ¿Qué? Ah, eres tú… Hola.

– ¿Qué hay, Candela? ¿Cómo estás?

– Bien, gracias. No te he visto.

– Llegué tarde, cuando estaba todo a oscuras durante el vídeo que pusieron. ¿Qué tal? ¿Qué te ha parecido?

– Bien, bien, divertido. Y muy curioso el tipo, con su séptimo sentido bastante desarrollado.

– ¡Ja, ja, estamos hechos unos finolis con esto de los sentidos!

– ¿A ti te ha gustado?

– Sí, claro, me llevo muy bien con los siete.

– ¿De verdad? Ja, ja, pues yo debo de serlo también, porque en mi vida no para de aparecerme ese numerito. En realidad, desde que nací: un día siete, por supuesto.

– Bueno, yo me refería al eneagrama.

– ¿Al qué?

Ojú, ¿a que nos va a salir rarito el gachó?

– No, nada, al eneagrama. No es más que una especie de clasificación muy antigua de personalidades, según tu forma de presentarte y actuar con los demás y ante la vida. Hay nueve tipos, de ahí lo del nombre, que a su vez, se basa en un símbolo de nueve puntos: el sello caldeo babilónico. Parece ser que posteriormente fueron los sufíes de los primeros que lo usaron como herramienta psicológica.

– Nunca había oído hablar de eso. Aunque yo esos temas de psicología no me llaman mucho la atención.

– No me lo creo.

– No, no, de verdad. Esas teorías sobre cómo es la gente no me van. La gente no puede ser nunca una teoría; la gente es puro dinamismo.

– Pero siempre hay patrones.

– Las clasificaciones son cosa de la mente. Y las personas somos algo más, mucho más que una mente.

– De acuerdo. Pero no me digas que no te interesan estas cosas, porque las dos conferencias que llevas tienen mucho que ver con la psicología: la percepción sensorial del mundo que nos rodea y los bloqueos mentales de nuestra imaginación, por ejemplo.

Vaya con el muchacho, parece que le han dado cuerda.

Ella se toca la frente con el dorso de la mano.

– Te estoy abrumando…

– ¡No, no, para nada! Es interesante lo que dices, es que hace mucho calor aquí con tanta gente.

– Pensaba ir al pub de Paco, porque no he vuelto desde el otro día. Si hoy no llevas prisa, podemos tomar una cerveza.

Venga, va. Dilo. No es tan difícil. Hoy tampoco llevas prisa. Una cerve na más…

– Vale. Un ratito.

Sí, sí, un ratito de los tuyos: generoso.

Ardo por ti, Candela: Filigrana– Paco, te presento a Candela, una amiga.

Pero, ¿qué confianzas son ésas? ¿Cómo que amiga? Es la tercera vez que se ven y la primera cerveza que se toman juntos. Sin pasarse, chaval…

Su amigo camarero debe andar cerca de los cuarenta, poco más que él, pero está bastante rapado, excepto por un flequillo que le cae y deja entrever unas nacientes canas. El negro de su camisa apretada realza el color moreno de su piel y de sus ojos y cabellos oscuros.

Sentados en la misma mesa. ¿Lo ha hecho a posta? Está perdiendo puntos por momentos.

– ¿No has vuelto por aquí desde aquel día con tu amiga?

– Pues no. De momento no me trae muy buenos recuerdos.

– ¡Oh, vaya! Y yo voy y te siento en la misma mesa donde discutisteis.

– Ya, ya me di cuenta. ¿Y por qué le has dicho al camarero que soy tu amiga, si apenas nos conocemos?

– Mujer, hubiese quedado un poco raro decirle que eras una conocida. Da igual, ya se lo aclararé si quieres.

– No, si es igual.

– Y con tu amiga, ¿se resolvieron las cosas? Si no es mucho preguntar.

– No he vuelto a hablar con ella desde entonces, ni pienso hacerlo.

– No le perdonas las cosas que te dijo. Porque parecía que te estabas poniendo fatal por las cosas que te iba diciendo.

– No es cuestión de perdonarla, ni por lo que dijo ni por nada, aunque motivos no me falten para no hacerlo. Es más bien que para mí una persona que me considera y me trata como ella lo hizo, pues qué quieres que te diga, no me vale la pena, y menos como amiga.

– Fue la gota que colmó el vaso.

– Bueno, no exactamente. Aunque no me ha tratado nada bien en bastantes ocasiones, más bien fue algo que dijo aquel día lo que hizo que no tuviese mucho sentido seguir siendo amigas.

– Ajá, vale.

Vamos, desembucha, si estás deseando. No te hagas de rogar.

– Verás, es que me contó algo sobre mi ex que me puso frenética, y encima ella aprovechó para darme la estocada.

¡Ea, ya! Ya lo sabe: que estás libre.

– Vaya, lo siento.

– Son cosas que pasan. Y mejor que sea así; al final, una se siente liberada.

– Eso es muy bueno.

– En realidad, me ha ayudado a liberarme de algo que… no sabría explicar, algo así como una carga del pasado, como algo que yo no era.

Te lo tengo dicho: que no bebas más, que no estás acostumbrada.

– ¿Y sabes ya lo que sí eres?

Lo mira, que eso que pregunta es muy personal.

Uy, ¿le vas a decir quién eres?

– No muy bien.

– Pues empieza para ti una aventura apasionante… de autodescubrimiento.

– ¿Tú crees?

– No lo dudo. Ahora entiendo tu cambio.

– ¿Qué cambio?

– El primer día que te vi había una chica apagada y triste encaramada a la barra, a quien nadie echaba cuenta. El otro viernes, y hoy aún más, hay una mujer con un brillo en los ojos que el día que se descubra a sí misma, cada hombre que elija caerá rendido a sus pies.

– ¿De quién hablas?

¿Estás boba? Ahora que esto se pone interesante…

Ella sonríe ingenuamente. Y se queda muy callada y circunspecta.

– Vaya, igual me he pasado. Perdona.

Prosigue callada y circunspecta.

– A veces me pasa. Esto de decir de pronto lo que uno piensa, te hace meter la pata.

– No, no te preocupes. No has dicho nada malo. Voy un momento al baño, ¿vale?

Se mira en el espejo.

¡Uf, vaya cara que se te ha puesto!

Pero, ¿por qué ha tenido que decir eso? Me lo ha revuelto to. ¿Y qué me pasa con éste? No lo conozco de na y me entran unas ganas de contarle to… mi vida entera.

No, Candela, no, contrólate, que a tu edad no vienen a cuento estas niñerías. No puedes abrirte al primero que pase.

Oye, que sólo tengo treinta y tres: en la flor de la vida. Bueno, prácticamente treinta y cuatro.

Menuda cara seria que tiene el pobre. Esto lo arreglo yo en un pis pas.

– ¿Mejor?

– Sí, sí. Si no ha sido nada, es que no sé por qué de pronto me he sentido un poco triste. Pero ya está, ya se me pasó.

Sonríe como buenamente puede.

– ¿Es muy reciente lo de tu novio?

– No, qué va, hace ya un año, pero es que lo de mi amiga abrió viejas heridas que yo creía que ni existían. No es nada fácil eso de conocerse a sí mismo.

Él se queda pensativo.

– Se me ocurren tantas cosas que podrían ayudarte…

¡Uy, han salido chispas de esos ojos! ¿Se puede saber en qué está pensando este hombre?

– Me estás dando miedo, colega.

– ¡Ja, ja, ja! No, te aseguro que ninguna es perjudicial para la salud.

– Ah, pues venga, desembucha.

– Bueno, es un poco pronto.

– ¿Y hasta las tres de la mañana tengo que esperar?

Cuando te sale tu vena irónica…

– Me refiero que apenas hace dos días que nos conocemos. No quiero pecar por adelantarme. Hay muchas cosas que aún desconozco de ti y no sé cómo respiras en según qué temas.

– Bueno, prueba, y te diré cómo respiro. Ah, y yo también desconozco mucho de ti.

– Sí, también. La verdad es que no sé por qué están saliendo estas cosas.

– Pues será porque tenemos cierta edad en la que cada vez pasamos más de formalismos, rodeos y pérdidas de tiempo.

– Sí, será. Y eso es bueno, pero siempre corremos el riesgo de molestar, por no conocer suficiente al otro.

– Sí, ese riesgo está. Y ahí es donde creo que entra en juego el sexto sentido, al que yo mejor llamo intuición. Por ella, se puede saber si debes decir o hacer algo en esos momentos.

– Veo que estás leyendo el libro de Samanta.

– Pues la verdad es que aún no. Y mira que he querido en estos días, pero han ido surgiendo cosas que hacer y no me ha quedado tiempo ni para empezarlo. Pero seguramente le meto mano este fin de semana.

– Te va a gustar. Tú ábrete a lo que te dice: abre tus sentidos.

– ¿Tú los has abierto?

– Je, je, lo procuro, lo procuro, sobre todo en ciertos momentos en que pueden disfrutarse como nunca…

¡Que sí, que sí, que son las mismas chispas de antes!

¡Ay, madre!, ¿qué me está entrando por el cuerpo?

Si es que tiene una mirada…

– Creo que me voy a tomar otra cerveza fresquita.

Qué bien sabes disimular…

– Yo también. Voy a por ellas.

Está hablando algo con su amigo. Como sea de ella… se va a enterar.

Ah, bueno, que le habrá pedido las cervezas. Ya vuelve.

Y transcurre el tiempo…

Hablan de lo divino y de lo humano, distendidos y con una naturalidad y confianza fuera de lo común entre recién conocidos.

El pub se llena hasta los topes de gente charlatana con ganas de vivir y echar el rato.

Y sigue transcurriendo el tiempo…

Es la primera cita, mujer, no te excedas con tanta charla. Mira que él anda más callado que tú y al final va a jugar con ventaja con tanta información.

Ardo por ti, Candela: Filigrana– Pues yo me voy a ir yendo.

– ¿Ya?

– Sí, ando cansada. Algunos viernes noto el peso de la semana.

– Como quieras.

– Vamos a pagar.

– No, no te preocupes, ya está pagado.

– ¿Cómo? ¿Cuándo has pagado? ¿Y por qué lo has hecho?

– En la última ronda. Por tu cara de cansancio me imaginé que de ésta última no pasábamos.

– Tú eres mu listo…

– Lo intento, lo intento…

Salen a la calle y dejan atrás tanta algarabía de fin de semana efusivo y desahogante.

– Si quieres, te acompaño un poco.

– Tú mismo, pero no es necesario. Y si prefieres quedarte por aquí con tu amigo, aprovecha.

– No, hay ya demasiado ruido ahí dentro del que pueda yo soportar.

La acompaña un rato, dando un apaciguado paseo, que la noche está también hoy fresca y grata, y en aquella desenfadada ciudad la vida social y extrovertida ya protagoniza las noches de primavera.

– Ya cojo yo por aquí, que estoy muy cerca.

– Como quieras. Oye, ¿piensas ir a más conferencias?

– Pues no sé. No me he fijado en el resto de la programación de aquí al verano.

– ¿Tienes whatsapp?

– Sí, claro.

– Si quieres, puedo avisarte si veo alguna otra así interesante.

– Eh, bueno, no sé…

– Sería sólo para eso, tranquila, no voy a usar tu teléfono para nada más. Era por la comodidad, y quedamos directamente.

– Vale, si es así…

Pero, ¿no ves que así tienes a alguien con quien utilizar el whatsapp, tonta? Que lo tienes mu aburrido de hace más de un año. Dile que te puede escribir siempre que quiera, va…

– He estado muy a gusto esta noche.

Cómo te gusta cambiar de tema…

– El gusto ha sido mío.

– No te rías.

– No me río. Es otro sentido, ¿no?

– Sí, cómo no.

– Eres una mujer interesante, Candela, pero no sé si te has dado cuenta aún.

– ¿Eh…?

No empieces con tus monosílabos interrogativos, que el muchacho sólo está intentando ser cordial contigo. Nada más.

– ¿Por qué me dices esas cosas?

– Porque me da la impresión de que has estado metida en tu pequeño y un tanto infeliz mundo de cristal, y apenas estás asomando la cabeza afuera. Y porque sigo tu consejo: escuchar mi sexto sentido y hablar.

– ¿Me estás tomando por una ignorante?

Avecina tormenta…

– Yo no he dicho nada de eso. Ya sabes que no pretendo molestarte, pero te digo lo que veo.

– ¿Y tú que ves? ¿Qué sabes?

Controla tu tono, muchacha.

– Muy poco. Pero conozco a algunas mujeres, ¿sabes? No eres la primera. Y veo en ti algo que no es muy frecuente, que no es común… desafortunadamente, porque cada mujer guarda en sí un potencial que ya quisieran poder sumar varios hombres juntos. Pero tú lo tienes un poco más a la vista, se te escapa a veces en la mirada, pero huyes despavorida en cuanto ves el efecto que tiene. No deberías…

¿Deber?

¿Otro que me dice lo que debo y lo que no debo hacer?

– ¿Quién te crees tú que eres? No me conoces de absolutamente nada, ¿y pretendes darme consejos? Mira, no tengo demasiada experiencia en estas cosas, pero la suficiente como para saber que existen varias maneras de conquistar, o mejor dicho, de intentar conquistar a una mujer, y desde luego que ésta es una de ellas: diciéndole lo maravillosa que es o que puede llegar a ser. ¡A mí no me vas a engatusar con tus artimañas!

– Siento de verdad que te hayan engañado y que se hayan aprovechado de ti.

– ¡¿Eh…?!

¡Chitón! Digo los monosílabos que me da la gana. Además, ¡me ha mirado con lástima!

– Estás muy equivocada. No me considero precisamente un conquistador. En lo que a mí respecta, una mujer no es una conquista, porque ésa es la forma más burda de perderla y no tenerla, aunque esté a tu lado. Y por supuesto que si, según tú, te he estado intentando conquistar, te aviso que tú tampoco lo has hecho menos, si gustarnos e intentar agradar ahora es un crimen.

– ¿Gustarnos? Ya estás hablando de cosas mayores. ¿Yo te he dicho nada? ¡Qué presuntuoso!

Pero, ¿tú has visto? ¿De qué va este tío? ¿De chulo?

– Los hechos te delatan.

– ¿Ein? ¿De qué me hablas?

– Te apuntas a unas conferencias a las que nunca habías asistido, te quedas el otro día un buen rato a pesar de llevar prisa (o eso dijiste), y hoy toda la noche. ¿A qué iba a venir todo eso?

– Sólo pretendía ser amable contigo. Me puedes caer bien y ya está, ¿no?

– Si eso no es malo. Que la gente se guste no es más que la vida misma.

– Pero, ¿por qué te empeñas en hablarme de cosas tan personales si no te he visto más de tres veces?

¡Shhh, Candela, baja la voz, que es muy tarde y tampoco es bueno sulfurarse tanto, chiquilla!

– ¿Y tú? ¿No te das cuenta de que la vida sigue? ¿Y que hay ocasiones en que el tren pasa muy rápido, y si no estás presente y consciente para tomarlo, lo pierdes para siempre?

¿La vida? ¿Qué vida? ¿La de quién? ¿La mía? Y ésa, ¿cuál es?

Oh, pero se ve que pone toda el alma en cada una de aquellas palabras…

– ¡Cállate! ¡No sé de qué tren me hablas!

¡Ay, que se me suben las lágrimas!

Que como no pueda controlar esto, me desparramo toda.

Y no quiero.

¡Por favor, que pare ya, que se calle y me deje en paz!

Que no quiero sentir…

– Te hablo del tren de la vida: que la vida pasa y se va. Que mañana no estamos aquí; o sí, y parece que no nos enterásemos. La vida es un suspiro, ¿sabes? Pues que ese suspiro sea todo por ella misma, por la vida, por ese regalo, por ese milagro que tenemos cada día, por…

Ya está. Ocurrió. No se puede tocar un cristal resquebrajado y no echar abajo sus pedazos.

– ¡Oh, lo siento! Lo siento de verdad. Yo no quería que te pasase eso…

Ya no puede parar. Es un mar abierto de lágrimas.

Ay…

Él ya no dice nada. Se ha callado y la mira con pesadumbre.

Sólo se oye un llanto silencioso…

Ardo por ti, Candela: FiligranaPor fin puede mirarle a los ojos. Sin huidas. Por primera vez…

– ¿Contento?

– En absoluto.

– No soporto que me pase algo así, pero menos aún con un desconocido.

– Ya no soy un desconocido.

– Bueno, con un conocido.

– Creo que tampoco soy ya un conocido… Me imaginaba que te pasaría en algún momento, pero no tan pronto, y menos que fuese a estar yo delante. Tenías eso ahí dentro; estaba a flor de piel.

– Y, ¿ahora qué?

– Ahora nada. ¿Te alivió llorar?

– Sí.

– Pues a disfrutar de la paz después de la tormenta.

– Estoy tan cansada…

– Ya me voy.

– … por dentro.

– Ah.

Lo mira con honda tristeza y destrozada.

– Oye, Candela, que el mundo no se acaba. Todo lo contrario: ahora empieza lo bueno.

– No sé lo que es lo bueno.

– Lo vas a ir sabiendo.

– Yo he tenido lo que todo el mundo. ¿Por qué no puedo tener bastante con eso?

– Porque no se trata de tener, sino de ser.

– No soy nada… para mucha gente.

– ¿Y qué te importa esa gente? No hay que ser nada para nadie. Con ser tú, ya vas sobrada.

– ¿Yo? ¿Y quién soy yo? Una novia engañada, una amiga que da lástima, una conocida llorona y arisca…

– Todo el mundo tiene su lado oscuro, je, je.

– ¡Ya estás riéndote!

– ¡Que no…! Es que tu primera gran verdad salta a la vista: no te tienes en muy buena estima como mujer. Y yo diría que hasta como amiga.

– Yo ahora mismo no me tengo en muy buena estima como nada. Me siento una piltrafilla humana.

– Pues no lo eres.

– Si te tratan como tal…

– Si te tratan como una bestia, por ejemplo, ¿eres una bestia?

– Lo que más coraje me da es haberme enterado un año después; hasta en eso soy pánfila.

– ¡No digas tonterías!

– No, no son tonterías. Estaba liado con otra y me entero de refilón. A saber en aquellos siete años cuánto tiempo y cuántas veces pasó eso.

– ¿Qué más te da ya? Lo hizo mal, ¿no? ¿Tú lo harías?

– No.

– Pues ya está: eso es lo que importa. Por eso no está ya en tu vida.

– Y mi amiga resulta que quedaba conmigo porque le daba pena. Dice que me hago la mártir.

– Bueno, a todos nos gusta un poco de ay, qué penita me doy.

– No creas, desde que ella me lo dijo, me estoy dando cuenta de que es verdad que me pasa.

– Pues ya estás sacando algo bueno de aquella noche.

– Si por eso te digo que no es fácil esto de conocerse. Me estoy dando cuenta de unas cosas…

– Ah, ¿sí? ¡Cuenta, cuenta!

– ¡Bah, tontón!

– Ja, ja, ¡has sonreído!

Un poco de respiro… Y suspiro.

Qué larga la noche sin luna. Y qué intensa y densa.

– A veces eres muy claro. O muy directo, no sé.

– Y a veces tengo problemas por eso. Como contigo.

– Perdona si te he molestado por la forma en que te he hablado o por algo que te haya dicho.

– No, para nada. Aparte de estar algo acostumbrado, no me he tomado como algo personal las cosas que has dicho, porque sé que estabas defendiéndote para evitar explotar.

– ¿Amigos…?

– ¡Claro! ¿Ves lo rápido que va nuestro tren? En nuestro primer encuentro, desconocidos; en el segundo, conocidos; en el tercero, amigos; y en el cuarto…

– Eeeh, ¿adónde vas tan corriendo? Que vas a descarrilaaar…

Se miran. Y se sonríen mansamente, con una quietud y profundidad inesperadas.

Y hoy, con esa chaqueta de pana fina -a juego con sus ojos- y esos pantalones negros ceñidos, está de un seductor… Ummm, y el mentón masculino a medio afeitar…

Continúan mirándose sosegadamente.

Y él se acerca ahora peligrosamente…

La abraza. Y le susurra:

– Súbete al tren, antes de que se ponga en marcha.

– Ya me subí, tonto.

Un minuto. Dos. Tres.

No sabe si él huele a colonia o a champú, pero es tan suave su fragancia…

– ¿Más tranquila?

– Mucho mejor. Pero voy a irme ya.

– Estarás agotada. Estas cosas emocionales cansan mucho.

– Muchas gracias por todo, Roberto.

¡Anda, si ha pronunciado su nombre y todo! Esto es serio ya.

– A ti. Que descanses y tengas buena noche.

– Lo que queda de ella, sí.

– Estamos en contacto.

– Así es.

Ahora va con paso presuroso, que la calle anda ya muy solitaria.

¡Dios mío, cuánto tiempo voy a necesitar para asimilar tanto acontecimiento emocional! No puedo creerme las cosas que han pasado. A quien se lo cuente…

Agotada, abre por fin la puerta de la casa.

– ¡Sieteeeee…!

 Fin del Capítulo 3

LEER CAPÍTULO 4

COMPRAR EN AMAZON

ENTRADA RELACIONADA:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s