Zenia y las Siete Puertas del Bosque: CAPÍTULO 3

Los Kramitas

Capítulo 3

LOS KRAMITAS Y UN SUEÑO

– Y dormir por aquí al raso… ¿es muy duro? -preguntó Zenia con cierta turbación.

– Pues no he tenido esa vivencia antes, aunque si te soy sincero, las experiencias que he escuchado no son nada agradables.

El silencio sepulcral que se hizo entre ellos no impidió que una rapaz noctámbula anunciase el preámbulo de la oscura noche que se aventuraba…

El ulular del cárabo hizo mirar a Zenia en la dirección en la que éste se hallaba, lo cual hizo que pudiese reparar en algo.

– ¿No es aquello una luz? ¡Allí, a lo lejos! -dijo indicando con el dedo.

Banlot miró, enfocando los ojos, pero no distinguió nada.

– Sí, en aquella dirección. Lo que ocurre es que no está fija, parece que se mueve o parpadea -aclaró ella.

– Sí, creo que la veo. Pues bien, sería inaudito que el origen de esa luz fuese algún animal del bosque, así que esperemos que tenga que ver con algún humano.

– Y si no, ¿de quién iba a ser? -preguntó al vuelo Zenia.

– No, nada. Vamos rápido en esa dirección antes de que se pueda apagar.

Allá fueron, cuando ya declinaba tanto el sol, que empezaba a resultarles algo difícil ver con claridad poco más de unos metros por delante.

A medida que iban acercándose con cautela, más claramente percibían que la luz se movía, aunque había algo de acompasado en su movimiento.

Cuando estaban sólo a unos cuantos metros, la luz se paró bruscamente, y en un santiamén comenzó a moverse rápidamente, alejándose de ellos.

– ¡Espera, espera, por favor…! -gritó Zenia.

– ¡Ssshhh! -siseó Banlot-. Aún no sabemos qué es. Es mejor seguir siendo prudentes y no dejarnos ver aún.

– Pero quizá pueda ayudarnos -protestó ella.

– O tenernos miedo, defenderse y atacarnos -replicó él-. No conoces a las criaturas del bosque, y algunas de ellas tampoco a nosotros. Y descuida que, si es una persona como nosotros, tarde o temprano daremos con ella.

Definitivamente, los últimos trazos de luz crepuscular empezaban a sucumbir ante la oscuridad.

Banlot sugirió buscar aprisa un sitio adecuado para hacer una fogata y poder acomodarse para dormir, aunque fuese a la intemperie.

Mientras se dedicaban a esta tarea, vieron nuevamente un resplandor, esta vez más lejano.

– Intentémoslo de nuevo pero, por favor, hagamos el menor ruido posible -pidió Banlot-. Es evidente que antes nos oyó al acercarnos, y por eso salió corriendo.

Esta vez con más sigilo, fueron acercándose, a la par que descubrían que, en esta ocasión, la luz se encontraba inmóvil.

De nuevo, les separaban unos metros de aquella intrigante luz. Y empezó a desplazarse otra vez, pero unos metros más allá se quedó totalmente fija.

Un poco ofuscados y más precavidos todavía, intentaron aproximarse lo suficiente como para averiguar de qué se trataba aquella luz y, sobre todo, quién la portaba.

– Es un farol -dijo Zenia en un susurro-. Y se ve un bulto junto a él, pero es bastante pequeño como para ser…

Se quedó sin aliento para continuar, porque toda su atención se quedó prendida en la imagen que tenía ante sí. Parpadeó varias veces para aclarar sus ojos, no fuese que la penumbra del bosque estuviese jugándole alguna treta.

A pesar de la mediocre luz que emitía el farol, junto a él, podía distinguirse una figura de apenas unos palmos, con vestimenta aparentemente humana, que se encontraba de espaldas y parecía mirar nerviosamente a los lados en actitud de buscar algo.

Zenia, con el corazón en un puño, miró a Banlot por si él estaba viendo lo mismo que ella: jamás había visto nada semejante, y el miedo mismo no le dejaba creérselo.

Pero le sorprendió, casi tanto como ver a aquel ser, el descubrir que el rostro de Banlot estaba sereno y miraba fijamente lo que quiera que fuese aquello, y hasta le brillaban los ojos.

Zenia tragó saliva, y dijo:

– ¿Qué es eso, Banlot? ¿Tú lo sabes?

Se demoró un poco en contestar, pero al final la miró.

– Estate tranquila, Zenia, no hay peligro.

Y se acercó un poco más a la luz, a la vez que le escuchó decir:

Bere, loha cem pristi.

Ahora sí que se le iba a salir el corazón del pecho a la joven tresla, después de lo que acababa de presenciar: ese ser se quedó totalmente quieto, como si las palabras de Banlot lo hubiesen petrificado, tras lo cual se dio media vuelta en un rápido movimiento, mostrando el rostro mientras fijaba la mirada en ellos.

Esos ojos eran lo más penetrante y oscuro que jamás hubiese contemplado ella, y el rostro tenía tal expresión de estupor, que era imposible averiguar cuál de los dos, si ella o él, estaba más atemorizado.

Loha cem pristi -repitió Banlot-. Loha brida cean. Non pre hue.

Indiscutiblemente, debía haber tropezado con alguna raíz en el camino, caerse y haberse golpeado la cabeza, sí, aunque no lo recordase. No podía ser de otra manera, y ya mismo volvería en sí, después de esa visión febril.

Un hombrecito que los traspasaba con su mirada y un Banlot que pretendía conversar con él en una absurda lengua que hacía hasta que le cambiase el timbre de su cálida voz. ¿Quién se había vuelto loco aquí, su amigo o ella misma?

Para colmo de males, después de la última frase, incluso empezó a acercarse a ellos muy despacio… aunque la expresión dura de su rostro se había suavizado ligeramente.

Parse, ¿cu bastriero?

«¡Arrea, si hasta habla! Lo que me faltaba…», pensó horrorizada la muchacha. Su voz era una peculiar mezcla de sonidos nasales y semiagudos.

Estaba dudosa entre empezar a gritar y no parar, o preguntarle de una vez por todas a Banlot qué diantre estaba pasando y de qué iba aquél sueño. Pero en su idioma, claro.

Parece que él, como era cada vez con más frecuencia su costumbre, adivinó su maremagnum interno y quiso evitarle mayor sufrimiento.

– Ya te dije que no había peligro. Es lógico que estés asustada, pero confía en mí; ya te explicaré.

Como siempre y a pesar de todo, no se le hizo difícil confiar en él y soltar un poco su tensión.

Hablaron algo más entre ellos, y aquel pequeño ser volvió a por su luz y comenzó a caminar. Banlot le hizo un gesto a ella para que los dos siguiesen a aquel extraordinario personaje.

Zenia ya no se atrevía a preguntar, pero no tardaron mucho en arribar a un pequeño prado, por lo que se podía apenas adivinar con la luz del farol, donde había una pequeña construcción habitable de adobe y madera, alumbrada por pequeñas luces que la rodeaban.

Al llegar, el hombrecillo dio una voz, y al poco salió otra figura semejante pero con evidente aspecto femenino. Él le habló algo, y su rostro, que en un primer momento había sido grave y cauteloso, se iluminó con una sonrisa de oreja a oreja.

– Mis queridos viajeros -su voz era igualmente nasal y más aguda aún, pero tenía un matiz agradable.

¿Cómooo…? ¿Empezaba a entender aquel extraño lenguaje? Sin duda, ahora debió haber sido la rama de un gran árbol con la que se había golpeado esta vez.

– Hablo bastante vuestra lengua -fue entonces cuando Zenia se percató del fuerte y extraño acento que tenían aquellas frases.

«¡No puedo creerlo! ¿No tenía suficiente con uno, que ahora encima también hay mujercitas y se comunican conmigo?», Zenia no podía con tantas emociones.

– Tranquila, querida, todo es muy desconcertante para ti, lo sé, pero no cierres tu corazón a nada, no te resistas y todo será más fácil.

¡Uf, menos mal, una voz familiar! Y sin acento de ningún tipo.

– Tú quisiste salir de los confines de tu mundo conocido -continuó Banlot-. Quiero pensar que lo hacías dando por supuesto que podías encontrarte con cosas, o seres, desconocidos para ti y para tu mundo. Tu aventura, verdaderamente, comienza ahora…

»Aunque en realidad entiendo que comenzó en el momento en el que nuestro camino se estrechó… ¿O fueron nuestras mentes?

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

El efecto de aquel crepúsculo, tan lleno de incertidumbres e impresiones, no se había hecho mucho de rogar y había dejado abatida a la joven tresla que, a pesar de que su compañero de viajes se había ofrecido a explayarse en sus explicaciones de todo lo acontecido, ella se excusó y se retiró a dormir.

A la mañana siguiente, cuando despertó con los entretejidos cantos de un mirlo azabache de pico largo y dorado, recordó los acontecimientos de la noche y se quedó cavilosa.

Ya no la turbaban como cuando cerró los ojos para dormir. Habitaba en ella una paz serena que le hacía ver lo que había ocurrido como un sueño soñado, el cual había acabado asentándose en la realidad: la realidad de su nuevo mundo.

Seguía sin comprender nada, pero ya no era para ella una necesidad; no sabía cómo había sido, pero todo se había ajustado en su lugar, allá en su interior. Lo que sí comprendía era que, muy presumiblemente, este tipo de aconteceres iban a propiciarse en más ocasiones a partir de ahora, que parecía que una caja de Pandora acababa de abrirse desde que se salieron del camino trazado en el bosque.

O permanecía esa actitud de aceptación en ella o iba a sufrir muchos sobresaltos y sinsabores a lo largo del nuevo camino, que no le llevarían a ningún sitio. Si había optado por avanzar en su vida, debía abrirse y darle cabida a todo lo que ésta le proporcionase ahora: un mundo por descubrir, por lo que ya había podido comprobar.

Cuando se sentó a la mesa a desayunar, pudo fijarse más detenidamente en sus anfitriones, ya con la clara luz de la mañana y con una mente más lúcida que la que entró en aquel hogar. Porque no podía denominarlo de otra manera: tal era la calidez y bienestar que le proporcionaba la casa de Vrajant y Persty, que pasados los primeros momentos de lógicos recelos, les abrieron sus puertas de par en par.

Ella tenía una cara plácida y dulce, aunque sus rasgos fuesen extraños, como los de él. A simple vista, tenían ojos bastante juntos, nariz prominente y bocas pequeñas, o al menos así lo eran proporcionalmente.

Pero lo que más llamaba la atención de Zenia eran sus miradas: no estaba acostumbrada a recibir esos haces de luz directa en sus pupilas, que parecía como si no hubiese el menor rastro de sombra en sus ojos a la hora de dirigirlos allá donde fuesen. Él tenía una expresión más estática y era mucho más reservado, pero hacían una pintoresca pareja.

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

Después del desayuno, Persty los invitó a ver sus huertos y sus frutales, y allí Zenia vio árboles y frutos que desconocía, a pesar de ser Larimor notable en el condado por los excelentes productos que se cultivaban en sus tierras.

Tras un largo rato agradable por aquellas tierras, Persty les dijo:

– Bien, voy a dejaros, que he de preparar el almuerzo y las conservas para este invierno. Además, vosotros tendréis que hablar.

En cuanto quedaron solos, Banlot le comentó:

– Jamás había visto esa mirada en tu rostro, mi chiquilla. Demasiados contratiempos para ti, ¿no?

– No, no, los justos -contestó ella escuetamente.

– La verdad es que no se me ocurrió que pudiesen pasar estas cosas aquí, en el Bosque de Plata, si es que es en él en el que nos encontramos aún.

– ¿No les has preguntado?

– Aunque lo hubiese hecho, posiblemente para ellos tenga otro nombre -respondió él pensativo-. En fin, ¿no vas a pedirme que te cuente de qué va todo esto?

– Sí, claro, cuando tú quieras, mi amigo. Curiosidad tengo, y mucha -Zenia puso los cinco sentidos.

– Pues hasta donde yo sé, Vrajant y Persty son kramitas, unos seres que habitan en algunos bosques, pero siempre en terrenos poco accesibles para nosotros y que pocos han pisado. De hecho, muchos kramitas ni saben de nuestra existencia, afortunadamente para ellos.

– Pero tú sí los conoces, ¿verdad? Y hasta hablas su idioma. ¿Eso cómo es?

– Bueno, ésa es otra historia, que acaso algún día ante un buen fuego te relataré… Y ya sabes de mí más que muchos; las casualidades no existen.

– ¡Sigue, sigue, por favor! -inquirió la joven.

– Esta parejita sí que había visto alguno rondando por aquí, al parecer -prosiguió el anciano-, pero nunca habían llegado a hablar con ninguno de ellos. Persty conoce bastante de nuestro lenguaje porque desciende de una familia que antaño llegó a tener ciertos contactos con humanos, y su padre le enseñó todo lo que sabía, incluso de nuestras costumbres, bondades y debilidades. Está muy ilusionada por la oportunidad que le damos de poner en práctica todos sus conocimientos.

– ¿Y qué le dijiste a Vrajant cuando nos topamos con él? -preguntó la muchacha.

– Simplemente lo saludé y le dije que no pretendíamos hacerle daño, que éramos amigos y que necesitábamos ayuda. Eso fue lo que escuchaste en kram, su lengua, aunque yo no la hablo ni la mitad de fluido que Persty la nuestra.

– La casa es muy acogedora, aunque algo pequeña para nosotros -ella sonrió-; pero nos tratan muy bien, especialmente ella.

– Es lo que tiene ver mundo y conocer otras vidas y lugares, aunque sea a través de tus antepasados: te abre la mente y creces en respeto y tolerancia, siempre que vayas con el corazón abierto, como me parece que estás haciendo tú también nada más empezar… A esa mirada me refería.

– ¿Acaso tengo mucha alternativa? -ironizó ella.

– Son gente que vive de la tierra y suelen ser pacíficos y no se meten con nadie -continuó-. Aman la naturaleza y viven para ella. Son un hermoso ejemplo de equilibrio y respeto hacia ésta: saben leer a través de los árboles y de los pájaros, de los ríos y de las montañas, y saben que nada de esto les pertenece, como ellos no pertenecen a nadie.

– ¡Qué interesante! Me gustaría conocerlos mejor -a Zenia se le iluminaron los ojos-. ¿Cuánto tiempo nos quedaremos por aquí?

– Aún no lo sé, quizá dependa de ellos. Ya lo veremos.

– Cuéntame más de ellos, Banlot.

– Ve a verlos directamente: aprenderás y sabrás mucho más así, que si una tercera persona, por muy ducho que sea en el tema, te cuenta sus percepciones e impresiones. Tienes la gran oportunidad de conocer y absorber información y sabiduría de toda una raza de seres, que la mayoría de la gente en toda su vida ni escucharán nombrar ni sabrán de su existencia.

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

Cuando volvieron a la casa, Vrajant ya había salido hacia el valle cercano, por lo que Banlot fue a su encuentro para conversar con él, mientras Zenia se sentó en la cocina, viendo a Persty metida en sus cacharros de cocinar.

No se atrevió a ofrecerse como pinche porque imaginaba que sus costumbres culinarias no iban a ir muy parejas.

– Me dijo Banlot que dejaste tu casa y tu aldea atrás, incluso a tu madre -dijo Persty con una soltura y naturalidad que pilló bien desprevenida a Zenia.

– Eh… sí… bueno… -balbuceó.

– Oh, querida, no te preocupes, no es necesario que hablemos de eso si te incomoda.

Zenia se quedó callada. Se sentía extraña en aquel lugar, como fuera de sitio, y por un instante, sus antiguas preocupaciones cotidianas le parecieron ridículas.

¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado a parar hasta ese lugar y cómo volverían? Porque volverían algún día, ¿no era así? ¿Podrían…?

– ¿Qué te preocupa, jovencita? -Zenia se encontró de pronto ante esa mirada dulce pero imposible de evitar delante de ella; no había escapatoria.

– ¿Yo…? A mí nada, nada -por fin pudo sonreír, a ver si así la dejaba tranquila.

Miró por la ventana y vio los cerezos del huerto allá a lo lejos, meciendo suavemente sus hojas, ajenos a los pucheros de aquella cocina.

– Mi vida no tiene mucho sentido.

Persty soltó sus avíos de cocinar, limpió sus manos en el delantal, se dio media vuelta y se sentó en la mesa frente a Zenia, mirándola de nuevo a los ojos, aunque en aquellos momentos los tenía bajos.

– ¿Y para qué quieres que tenga un sentido?

Esa pregunta la cogió por sorpresa.

– Porque una vida sin sentido no puede llevar a ninguna parte, no vale la pena vivirla -contestó la joven tresla.

– ¿Y a qué parte quieres ir, pequeña?

De nuevo, la desconcertó.

– Bueno, no sé, estamos aquí para algo, ¿no? A algún sitio habrá que llegar si vamos caminando.

– Y para ti, ¿qué es más importante: el camino o el destino al que llegar?

Vaya, no se andaba con rodeos; iba directa a cada asunto.

– Es verdad que sin camino no hay destino pero…

– ¿Y sin destino? ¿Hay camino? -la kramita no dejó que acabase la frase.

– Sí, puede haberlo, pero volvemos al principio: un camino sin un destino al que llegar… -insistía en su idea porque no había acabado de entender las preguntas de la mujer.

– No existe tal cosa -Persty le sonrió.

– ¿Cómo? -Zenia estaba algo perdida.

– Que no existe un camino que no te lleve a ningún destino. Todos llevan a alguna parte.

– Ya, claro -no sabía adónde quería ir a parar, pero seguía en sus trece-. Pero no es lo mismo saber adónde vas que no saberlo.

Persty se quedó silenciosa.

– Tu preocupación, entonces -dijo-, no es que no vayas a llegar a un destino o que no tenga un sentido tu vida, sino el no saberlo. ¿Me equivoco?

– Supongo que es eso… -contestó la muchacha ya un poco confundida.

– ¿Sabía tu madre cuando naciste o cuando ibas creciendo en qué te ibas a convertir al hacerte una mujer? ¿Cómo ibas a ser, cuál sería tu vida? ¿Lo sabe ahora?

– No, si te refieres a mi futuro, que no lo sé ni yo -sonrió ella levemente.

– Nunca lo ha sabido ni lo sabrá, y eres su propia hija. Estoy segura de que hubiese dado lo que fuese por saberlo en cada instante, cómo ibas a ser y qué te iba a acontecer en cada etapa de tu vida -le brillaban los ojos diciéndolo-. Sin embargo, ¿acaso no saberlo le afectó en lo más mínimo para cuidarte, para protegerte, para educarte, para amarte y dártelo todo?

Zenia siempre tuvo problemas con su madre desde la adolescencia, porque eran demasiado diferentes y su obstinación e independencia sacaban de quicio a Sternia, que era mucho más tradicional y familiar.

Por si fuera poco, su reciente relación con Banlot no había favorecido en nada esta situación. La mujer reflejaba sus celos con el hombre y no le perdonaba que su hija emplease mucho más tiempo con él que con ella.

Cuando Zenia le comentó la posibilidad de marcharse de la villa, Sternia se convenció de que aquel anciano había llenado su ingenua e inexperta cabeza de ideas descabelladas y sin sentido, y que había sido el promotor de aquella locura.

Pero las palabras de Persty estaban haciendo que se empezase a sentir afectada porque su madre no formara parte de su nueva etapa, y por haberla dejado sola y atrás.

– Supongo que el amor por su hija le hacía continuar siempre adelante, fuese donde fuese yo -jamás lo había visto desde esa perspectiva.

Nunca se había parado a pensar en los sacrificios y los sinvivires que su madre padeció, especialmente desde que murió su padre, para que a ella no le faltase nunca nada y creciese sana y feliz.

– Las madres, a menudo, son los mejores ejemplos de vida, aunque no todas sean así, por supuesto -habló la mujer con seguridad-. Tú lo has dicho: el amor…

Se quedó callada de forma intrigante.

– ¿Qué quieres decir exactamente con todo esto, Persty? -Zenia se atrevió a ser directa, sin miedo.

– Que el amor por la vida te salvará siempre de toda duda, de todo escollo del camino, de todo destino… -los ojos de Persty chispeaban vida-. Ama la vida intensamente, ama cada instante que vives como si fuese tu último suspiro, y un instante tras otro te llevarán a tu destino, al que la vida misma te lleve.

»Sé tú misma y sabrás en cada momento adónde ir y a qué destino llegar. ¿El sentido de la vida? El que tú le des, ni más ni menos. Pero no para el futuro, sino aquí y ahora, a cada instante.

Sus palabras salían con tal tenacidad y apasionamiento, que Zenia quedó impregnada de toda su vitalidad.

Se oyeron unas voces, y Banlot y Vrajant entraron por la puerta trasera de la casa, que daba directamente a la cocina.

Zenia aprovechó para dar un paseo sola por los alrededores; necesitaba reflexionar un poco y asentar la conversación con la kramita.

Le pareció escuchar el murmullo sensual de un río y se acercó a verlo. Corría presuroso en aquel tramo, salpicando las piedras que encontraba a su paso.

Se sentó en una roca junto a la orilla, simplemente a ver pasar el agua. El rumor del río la envolvía, adormeciéndola un poco.

«¿Conocerá este río su destino? ¿Sabrá que habrá de llegar al mar? No lo creo… Y él baja igual de lozano y feliz, deteniéndose lo justo en cada recodo».

En estos pensamientos andaba embebida, cuando le pareció escuchar un tintineo. Dirigió su mirada a un grupo de grandes arces de vívido follaje rojizo y dorado de donde parecía proceder ese sonido.

Se levantó y se dirigió hacia allí, movida por la intriga. Alejarse del río y acercarse a los árboles hizo que el sonido se hiciese cada vez más nítido.

Ya bajo los arces, siguió buscando el origen, cuando creyó ver allá arriba en sus copas unas lucecitas que se movían nerviosamente, al compás del sonido de unas sutiles campanitas.

Por más que enfocaba sus ojos, no conseguía ver qué era.

Pero le atraía el sonido, así que se sentó al pie de uno de aquellos arces. El efecto de esa música era parecido al del río: adormecedor.

Intentaba pensar, pero el peso del sueño era mayor y se le cerraban los párpados.

Finalmente, sucumbió.

Tuvo un sueño muy extraño. Miraba hacia arriba y veía cómo las luces se le iban acercando, y a medida que lo hacían, se iban transformando en pequeñas figuras humanas, todas femeninas. El sonido de campanitas lo provocaba un par de alas que tenían en la espalda y que no cesaban de batir una contra otra.

Cuando llegaron hasta ella, se pusieron a la altura de su cabeza y se echaron a reír tímidamente.

«¿Quiénes sois?», les preguntó.

«Hemos venido a traerte un mensaje», respondieron todas a coro. Sus voces eran muy parecidas al tintineo de sus alas, que eran translúcidas y de muy diversos colores cada una.

«¿Y qué mensaje es ése? Hablad».

Empezaron a cuchichear entre ellas, hasta que una sola por fin habló: «Te esperábamos. Sabíamos que, más tarde o más temprano, vendrías hasta nosotras. Hace mucho perteneciste a este mundo, formaste parte de él y te comunicabas con nosotras. Ahora te requerimos. Tú eres nuestro nexo de unión con los tuyos y te necesitamos para evitar nuestro exterminio».

No entendía el significado de sus palabras ni recordaba nada de ese mundo, pero por prudencia sólo les preguntó: «¿Y cómo puedo ayudaros?».

La portavoz continuó: «Necesitarás nuestra llave. Con ella podrás abrir siete puertas invisibles que encontrarás cerradas a tu paso, a lo largo del camino. Esas puertas te guiarán a lugares donde habrás de tomar un objeto que te atraiga profundamente. Tras el último, nos convocarás para resolver junto a nosotras el enigma.

»Hasta entonces, que el valor y la magia sean tus fieles compañeros: el valor para seguir siempre adelante y la magia para conectar con nuestro mundo cuando sea necesario».

Revolotearon unos metros por encima de su cabeza y dejaron caer algo, que golpeó contra su cabeza… Y despertó.

 Fin del Capítulo 3

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