Ardo por ti, Candela: CAPÍTULO 2

Candela 2

Capítulo 2

OJOS VERDES

– Candela, no sales pa na, pa na.

– Eso no es verdad, el mes pasado fuimos al cine.

– Sí, eso es lo único que consigo contigo, ver alguna peli, que si no…

– Es que ya me puse el pijama.

– ¡Niña, si son las ocho todavía! Venga, por un día, haz una excepción. Que es viernes. Una nochecita sólo y te dejo el resto del finde pa ti.

– Uf, bueno, pero sólo un par de cervecitas.

– ¡Sí, sí, por supuesto! Y ponte guapa.

¿Guapa? ¿Eso qué es? ¿Pinturitas? ¿Tacones? Deja, deja.

Ardo por ti, Candela: FiligranaSon las nueve en punto y Esther aún no está. Le gusta llegar temprano y esperar. Así observa.

El pub está medio vacío, aún es muy pronto. Desde la barra no domina el panorama; se sienta en una mesa.

El panorama desde allí no ha cambiado mucho: parejitas jugando a quererse y allá en el rincón un grupo un poco alborotado de amigotes.

El ambiente del lugar es atractivo, y el efecto de las cálidas luces desperdigadas por las mesas y los muros del local lo hacen hasta grato y confortable.

Los sonidos de la agradable y acompasada música acompañan ahora sus extraviados pensamientos…

La guapa Esther entra luciendo su melena rojiza y su cuerpazo escultural desde la puerta hasta la mesa.

– ¿Llevas mucho esperando? Ay, una llamada de última hora, chica.

Se estampan dos besos y se piden unas cañas.

– ¿Te acuerdas de esta espumita blanca, Cande? Se llamaba cerveza.

La ironía brilla en unos ojos marrón verdoso de espesas pestañas que acompañan una media sonrisa en esa boca carnosa escandalosamente roja.

– No te rías de mí. El duelo es el duelo.

– Pero, ¿qué duelo? Mira, cari, hace un año ya que ese mentecato te dejó para irse con otra.

Debe de sentir en el estómago lo afilado de aquella mirada, porque enseguida rectifica.

– Quiero decir que te dejó y se fue con otra, vamos.

Parece que el malestar en el estómago no se va…

– No me mires así, ¿qué he dicho? Ahora ya conoces a Lorenzo, no he dicho nada que no supieses.

– ¿Por qué has dicho para irse con otra? ¿Había ya otra?

– Venga, no saques las cosas de quicio. Eso ya pasó hace un año, ¿qué más da? No forma parte ya de tu vida.

– Sí, Esther, sí forma parte de mi vida y quiero saber qué pasó exactamente en mi vida hace un año.

– Que no, Candi, déjalo, que eso no sirve pa na.

– Dime todo lo que sepas, y no te calles más cosas. Tú lo has dicho: hace un año ya. Sea lo que sea, podré sobrellevarlo.

– Voy al baño, que me lo hago.

– Sí, ve, ve.

¡Uf! Siempre esperando a que los demás le cuenten las cosas importantes cuando a ellos se les antoja.

Espumita blanca…

Ésta no es como la de las latas que se abre en casa. La de barril y fresquita: ésa es la mejor.

La puerta del pub se abre y entra un hombre. Bastante joven y bastante alto.

Sus cabellos ensortijados color canela se le desparraman casi hasta los hombros. Una chaqueta fina de lino beige y unos vaqueros añil ajustados le dan un aire bohemio con cierto toque interesante.

Se acerca a la barra, saluda al camarero con una espontánea sonrisa masculina, se sienta y pide algo. Comienza a mirar alrededor. Se fija en Esther, que despampanante vuelve de los servicios.

– Bueno, tú lo has querido.

– Sí, asumo la responsabilidad.

– Cuando Lorenzo te dijo de dejarlo…

– Bueno, eso es mucho decir.

– En fin, que cuando se barruntaba irlo dejando contigo, ya había alguien que le hacía tilín.

– ¿Que le hacía tilín? Que se acostaba con otra, quieres decir.

– Bueno, chica, no te pongas borde, que no te pega.

– ¿Que no me pega? Sí, sí me la pegan, claro que me la pegan. El uno liándose con otra, y la otra ocultándomelo. ¿Desde cuándo lo sabías?

– A ver, si después de un año te pones así, ¿qué pretendías? ¿Que te lo dijese al mes?

– ¿Al mes lo supiste? ¿Y cómo te enteraste? ¿Te lo dijo él?

– Cálmate, Candela, que como sigas así van a empezar a mirarnos.

– ¡Te he dicho que me digas la verdad! Y así no tendré que ponerme de ninguna manera.

– Me lo dijo él antes de hablar contigo para cortar.

– ¡No puedo creerlo! Esa semana me dijiste que creías que me iba a dejar. Y tú lo sabías, porque ya te lo había dicho él. A ti sí te lo dijo, por supuesto, porque a mí no me lo dijo tan clarito.

– ¿Cómo iba a decírtelo, guapa?

– ¡Con la verdad! ¡Porque al final las mentiras se saben y duelen más que cualquier verdad!

El tono acalorado de la discusión hace mirar por un instante al hombre de la barra.

– ¡Vale, chica, pues aquí tienes la verdad! ¡Si te llamo para quedar no es para vernos, sino porque me das lástima, que ya me tienes harta con tu papel de víctima abandonada!

Silencio cortante, no: asesino.

– No te preocupes, no te voy a hacer perder más tu precioso tiempo.

Se levanta bruscamente, pero la agarran por el brazo.

– No, Candela, no te hagas más la mártir. Ya me voy yo, que hasta el nombre lo tienes antiguo.

La pelirroja de bote da media vuelta y se va con sus tacones y sus pinturitas, y un meneo exagerado de caderas despechadas.

La mira…

La está mirando.

El hombre de la barra se ha quedado mirándola.

Se le llenan los ojos de lágrimas y va al lavabo.

Explota. Quiere gritar. Quiere largarse de allí, de ese pub, de esa ciudad, de ese mundo…

Ardo por ti, Candela: FiligranaVuelve a la mesa más calmada, aunque aún con los ojos llorosos, y se da cuenta de que encima tiene que invitar a la amiga.

Va a la barra a pagar, deseando llegar a casa para poder llorar como la ocasión lo requiere.

El pub se ha llenado completamente en un santiamén y no le acaban de echar cuenta.

– ¿Qué quieres? ¿Pagar?

Levanta la vista y mira a su izquierda, de donde procede esa voz profunda y armoniosa. Unos intensos ojos verdes la miran, esperando respuesta.

– ¿Eh…? Ah, sí.

Ella acaba de colocarse detrás de la oreja un largo mechón que se le salió de su cola baja y se le vino a la cara en el momento más inoportuno.

– Paco, cóbrale a esta señorita.

– Claro, ¿qué fueron? ¿Dos cervezas?

– Sí, eso.

– ¿Y cómo sabes tú lo que hemos tomado?

– Hay dos vasos vacíos en la mesa, y antes tenían cerveza.

– ¿Y si habíamos pedido algo antes?

– No. Cuando llegué estabas sola, y al volver tu amiga del baño, teníais esas dos cervezas. El bar estaba recién abierto, así que no os daba para ir ya por la segunda.

– Veo que has estado muy atento.

– Más de lo que tú crees…

– Ya, ya vi cómo me mirabas cuando se fue mi amiga.

– No era mi intención molestarte. Simplemente, me pareció que peleabais y que te encontrabas bastante mal. No suelo quedarme mirando a una mujer porque sí.

¡Mujer…!

¿Ha dicho mujer? Pero, ¿refiriéndose a ella?

Lo que le queda de mujer consigue reaccionar y contesta:

– Ya, bueno. Perdona mi tono de voz, pero es que no estoy ni para fiestas ni para ligues.

– Me supongo. No te conozco de nada, pero si puedo ayudarte de alguna manera que se te ocurra, como desconocido…

– No, gracias, no puedes.

– Nunca se sabe.

– Bueno, voy a pagar, que al final el camarero se ha ido aburrido de nuestra conversación.

Tras hacerlo, guarda la vuelta en el bolso y se despide.

– Gracias por todo. Nos vemos.

– Muy bien. Adiós.

Llega por fin a casa. Pero no quiere pensar. Mejor no va a pensar.

Sólo una cosa le agradece a Esther: recordarle que fue hace un año y que eso ya no forma parte de su vida.

Así que coge la almohada, se la ahueca un poco y se echa a dormir, soñando con ojos verdes…

Ardo por ti, Candela: FiligranaSuenan las siete en el despertador.

Lo apaga: tampoco está tan mal ese sonido zumbante.

Hoy me ducho con música.

Y ese café… Acaba de darse cuenta de que nunca le ha gustado. Pero la cerveza tampoco, ¿y lo bien que sienta fresquita con la caló?

¡Venga ese cafelito y esa tostá pringaíta!

Ha decidido vivir.

Uy, que aún le da tiempo. Abre el baúl de los recuerdos de sus pinturas y coge una barra de labios discreta. Sigue rebuscando y coge un perfilador de ojos gris plata. Y ahora una pizca de rimel para animar las pestañas. Se mira en el espejo.

Sus equilibradas y bonitas facciones en ese suave rostro ovalado quedan generosamente realzadas con ese modesto toque de mimo acicalado.

– Ya no me da tiempo, pero esta tarde me cambio de ropa.

De cabeza al trabajo.

Ardo por ti, Candela: FiligranaEn el descanso del desayuno, observa más de lo habitual a la gente que la rodea en el bar. Eso le hace cavilar que le apetece conocer gente. Otra gente, gente nueva, gente diferente.

Porque las hay, ¿no?

La vida le aburre y ya está aburrida de aburrirse. No quiere más esa vida de novios mentirosos, amigas traidoras y compañeros de trabajo tediosos a más no poder.

Ayer vio en el periódico una conferencia anunciada sobre algo del lado sensual de la vida.

Le pareció un poco llamativo el tema, pero volverá a releerlo y quizá se decida a ir; así se airea un poco y hace algo distinto. Y sin quedar con nadie; así también se evita sinsabores inesperados y prueba la nueva experiencia de ir sola.

Sí, eso hará.

Ardo por ti, Candela: FiligranaEs a las siete. Un poco temprano, pero como los viernes acaba siempre antes de trabajar, tiene tiempo sobrado.

Empieza con ganas: abre las puertas del armario y va mirando prenda por prenda. Esto hay que renovarlo, muchacha, que huele a añejo.

Pero llega a un vestido y se para: éste.

A Lorenzo le resultaba un tanto indecoroso y apenas se lo puso. Su definición de indecoroso no sobrepasaba las rodillas, por supuesto, aunque bien que le seguía con la mirada más allá de aquellas en sus primeras citas, cuando ella aún no vestía como una vieja.

Pues no se hable más: éste es perfecto. Con unos recatados tacones y la chaqueta vaquera queda monísimo el conjunto. Y yo, claro, que es lo que importa.

Le hace ilusión arreglarse.

¡Pero si no voy a ver a nadie!

¿Cómo que no? Me voy a ver a mí.

Saca sus recién desempolvadas pinturas y empieza el ritual de la belleza: labios carmín rosados, esta vez perfilador de ojos negro y sombra de ojos celeste con brillos, mascarilla de pestañas, y ante ella… una nueva mujer.

Bueno, entre un grupo de mujeres seguro que nadie se va a fijar en ella, pero es que antes ni siquiera se hubiesen percatado de su presencia. Tal había sido su dejadez en esta última larga temporada.

Su bolso y a la calle. A vivir.

Llega, como siempre, temprano. Apenas hay nadie aún sentado.

La sala es muy espaciosa y bien iluminada, con el suelo de láminas de madera oscura. La envuelve un aroma dulzón, que procede de una zigzagueante y delgada serpiente de humo huyendo de un palito incandescente.

Se va llenando y parece que va a comenzar.

Una mujer madura pero atractiva anda por la mesa de la sala, así que debe de ser la conferenciante. Se acerca al principio de las filas de butacas, saluda y comienza.

Ardo por ti, Candela: Filigrana¿Las nueve? ¿Dos horas han pasado así, tan volando?

La última media hora fue el turno de preguntas, así que el nivel de interés bajó con los tópicos y obtusos interrogatorios de los que suelen preguntar, que no buscan respuesta sino lucimiento narcisista hasta rabiar.

Resulta que es escritora, así que a la entrada de la sala han dispuesto una mesa con sus libros y alguna información más.

Mientras va saliendo el público y se despeja la sala, ella espera un rato, sentada. Y se pone a observar.

Inicialmente, un grupo de personas rodea a la conferenciante atosigándola con sus ya trillados egotismos personales. Al poco, sólo quedan tres o cuatro personas con ella de una forma más distendida.

Siente curiosidad por echarle un vistazo a sus libros, así es que justo se levanta para dirigirse a la entrada, cuando se da cuenta de que una de las personas que charla animosamente con la conferenciante es, nada más y nada menos, que… ¡ojitos verdes!

¡Vaya, qué cosas! Así que a él también le atrae el lado sensual de la vida, con sus siete sentidos…

En fin, su sexto sentido le dice ahora que se vaya a por los libros, que allí ya no pinta nada.

Siete libros lleva escritos y, según dijo, comenzando el octavo. Se encuentra un poco perdida entre ellos, porque quiere llevarse alguno con toda seguridad, pero no acaba de decidirse.

Explora tus siete sentidos es para mí el mejor, y el ideal para leer primero.

Se da media vuelta y… claro, ahí está él.

– Ah, hola.

– Volvemos a encontrarnos. Aunque he de reconocer que prefiero este ambiente al otro, donde nos vimos la primera vez.

– Pues se ve que eres asiduo, si conoces tan bien al camarero.

– El camarero es amigo mío y voy a verle de vez en cuando, sobre todo cuando también me apetece estar solo tomando una copa.

Ella mira los libros y coge el que él le ha recomendado.

– Va profundizando en cada sentido, descubriéndolos y planteando múltiples ejemplos para conocerlos y ejercitarlos. El mejor, ya sabes: el séptimo.

– El sentido del humor.

– Sí, ése aúna a todos y a todo. Sirve para disfrutar los otros seis y comprender el sentido de la vida…

– ¿El sentido de la vida?

– Otro sentido más.

– Te estás cachondeando de mí.

– No, no, para nada. No puedes entender el sentido de la vida sin, al menos, un pellizco de humor.

– Ah, vale, vale.

– Oye, me gustaría que pasásemos de ser desconocidos a ser al menos conocidos. Y para eso, como mínimo, hacen falta nuestros nombres. Me llamo Roberto.

– Yo soy Candela.

– Encantado.

Dos besos formales y Candela agarra su libro y va a pagarlo.

– No, déjame que te lo regale.

– ¿Cómo…? No, no, déjalo, gracias, prefiero comprármelo yo.

– Entonces no podré decirle a Samanta que te ponga una dedicatoria especial.

– ¿Especial? Pues tendrá que quedarse en una dedicatoria normalita.

– Venga, ¿qué más te da? Que no implica nada, ni significa nada. Un conocido puede hacerte un regalo, ¿no? Me siento como en deuda contigo.

– ¿Y tú por qué has de sentirte así?

– Sé que mi presencia te incomoda, como aquel día. Me tienes cierto miedo, y la única manera que ahora mismo se me ocurre de compensar tu malestar es regalándote algo que significó mucho para mí.

Uf, directo parece que es el colega, vaya tela.

– No, no, en absoluto, yo miedo no… Pero vamos, que si tanta ilusión te hace, adelante, adelante.

Vuelven a la sala, y él se acerca a la mujer y le dice algo al oído, a la par que ella empieza a mirar con ojos de gata a Candela. Ésta se acerca tímidamente con su libro.

– Hola, Candela.

– Hola…

Le da el libro, lo abre por la primera página y escribe con pluma estilográfica casi la página entera. Se lo devuelve.

– Gracias, muchas gracias.

Se aleja rápidamente.

¿Por qué te sientes tan pequeña y torpe en estos casos? ¿No puedes controlarte? Has hecho el ridículo.

Mira atrás y ve que ahora es ella la que le habla a él, y los dos la miran.

¡Tierra, trágame!

Cuando ya está cerca de la puerta de salida del recinto, escucha una voz:

– ¡Espera, espera, Candela!

Su llamada le hace sentirse algo mejor, y se para a esperarlo.

– ¿Te vas ya? Has salido muy corriendo.

– Sí, bueno, tengo algo de prisa.

– Oh, ¿sí? Vaya, me hubiese gustado charlar un poco más contigo y enseñarte, si querías, los demás libros.

– Ah… Un ratito más sí que tengo.

– Estupendo, pues vamos.

Ardo por ti, Candela: Filigrana¡Vaya con el ratito, Candela, que se te va a notar que prisa no tenías ninguna!

Si ya le había parecido sustanciosa y provechosa la charla, ahora le informan de que la conferenciante ha escrito de todo. ¡Hasta novela erótica, oye!

Bueno, habrá que disimular…

– Ya me voy a ir.

– Muy bien, te acompaño a la salida.

En la puerta se van despidiendo.

– Voy al pub de mi amigo un rato. Por si cambias de planes, allí estaré.

– No, ya te digo que me voy.

– Me ha parecido verte molesta por algo, desde que nos hemos vuelto a acercar al stand de los libros.

– Esto… no. Bien, verás, me ha parecido muy interesante lo que me has contado de ella y de los libros, de verdad.

– No me refería a eso. Antes, con la dedicatoria.

– Ah, bueno, no, es que me corto mucho en esas situaciones, tú sabes.

– ¿Por eso te fuiste corriendo sin despedirte?

¿Así que no quería que te fueras?

– Ejem… No me hizo mucha gracia que estuvieseis los dos hablando de mí.

– ¿De ti? No, tranquila, no. Fue sólo un momento, que le comentaba de ti y lo poco que sabía. Hablábamos más bien de cosas nuestras.

– Ah, pensé que os reíais de mí.

– ¿Reírnos? Jamás se nos ocurriría. ¿De verdad que has pensado eso?

– Me mirabais tan fijamente mientras cuchicheabais…

–  No cuchicheábamos.

– Vale, lo siento, no os conozco y pensé que lo hacíais. Yo no estoy muy puesta en estas cosas y me siento un poco ridícula, sinceramente.

– ¿Y eso qué tiene que ver? No es motivo para reírse de nadie, y menos de alguien a quien apenas conocemos.

– Bueno, mi pinta me delata, ¿no?

– Tienes buena pinta… hoy. Si el otro día hubieses ido así al pub, me habría fijado en ti antes que en tu amiga.

– ¡Ja, ja, ja! Te aviso que hoy tampoco estoy para ligues ni nada de eso, ¿eh? Paso de tonterías y piropos.

– Espero no ofenderte, pero no te piropeaba. Decía lo que pienso.

Ya has metido la pata. Mira qué serio se puso. A ver cómo lo arreglas.

– No me tengo en muy buena estima como mujer, precisamente.

– ¿Sabes una cosa? Creo que es la primera vez que eres realmente sincera en algo.

¿Qué hago? ¿Me lo tomo bien o me lo tomo mal?

– Bueno, ¿qué esperas? No te conozco. No pretenderás que vaya por ahí aireando mis verdades.

– Pues por eso me sorprende lo que acabas de decir.

– De verdad que me tengo que ir.

– Muy bien. Las conferencias en este centro suelen ser interesantes, como la de hoy. Casi todos los viernes. Igual nos vemos por aquí.

– Echaré un vistazo a la programación, porque imagino que tendrán web.

– Seguro. Me hablaron de una sobre liberar la creatividad o algo así, por si te interesa el tema.

– ¡Puf! Mi creatividad murió el primer día que empecé a trabajar.

– Todos la tenemos bastante olvidada y oxidada, sí.

– Bueno, pues ya nos vemos.

– Sí. Porque la otra vez lo dijiste también, y nos hemos vuelto a ver. Así será.

La noche es fresca y primaveral, de camino a casa, con ganas de llegar y reposar los acontecimientos.

Las calles están animadas, con ansias de sumergirse en la noche de diversión y jarana que ávidamente espera.

Qué pena, llamaría a Esther para contárselo todo, pero no, no puede ser. No se puede permitir que te escuchen por lástima. Dijimos que eso estaba olvidado. Y punto.

Ya sé. Se lo contaré a Siete, él siempre sabe escucharme.

Cualquier día me contesta: Candi, tienes demasiados pajaritos en la mollera y tendré que cazarlos y comérmelos todos, todos.

No, aún no tiene conocimiento de ningún perro que haya llegado a hablar. A muchos es lo único que les falta, dicen, pero hacerlo, hacerlo…

Abre la puerta y ahí está, mirándola con el rabo contento.

– ¡Siete, no sabes lo que me ha pasado!

 

Fin del Capítulo 2

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