Zenia y las Siete Puertas del Bosque: CAPÍTULO 2

El Comienzo

Capítulo 2

EL COMIENZO

Lo que Zenia vivió aquellas primeras jornadas de viaje apenas podría transcribirse en literatura fiel y ajustada a la realidad y no quedarse en un relato trivial e insuficiente.

Para ella, fueron instantes mágicos e intensos que jamás en su pueblo natal hubiera siquiera soñado vivir.

Las vivencias que experimentó, los seres que conoció, los parajes que visitó, las enseñanzas que aprendió, la transformaron definitivamente, y ella comenzó a descubrir a una mujer que habitaba en su ser, a la que hasta entonces desconocía, y que dejaba impresionada por su aplomo y madurez.

Ya sólo las primeras horas del día que ella y Banlot partieron, llenaron de luz su corazón, y le hicieron olvidar la incertidumbre de los últimos días y de la inevitable llegada de la soledad de su viaje el día que Banlot partiera de vuelta.

Hablaron de tantas cosas, que casi llegó a creer que se trataba de una vivencia más junto a aquel anciano, al que parecía que nunca se le agotasen las historias que narrar.

Pero él se dio cuenta de su creciente entusiasmo y de cómo aquello podía trastocar la decisión de ella y a lo que realmente había venido a hacer con su viaje.

Así pues, tras detenerse a almorzar en un pequeño descubierto que avistaron por el camino, Banlot comenzó a hablarle de otras cuestiones más prácticas.

– Esta noche dormiremos al abrigo del bosque. Conozco una cabaña abandonada que nos servirá a tal efecto. En un solo día sería imposible llegar a ningún sitio habitado por algún ser hospitalario que nos acoja.

Tras un breve descanso después de comer, continuaron la marcha hasta casi ponerse el sol, a través de un camino que acá ondulaba, allá se mantenía recto, pero iba alejando más y más a Zenia de todo cuanto había conocido en su joven vida.

Allá quedaba todo, leguas atrás: su aldea, su gente, su vida y casi hasta ella misma; ya no podía mirar atrás.

El paisaje que habían recorrido durante todas esas horas no era muy cambiante: hayas reinantes que cedían aquí y allá espacio a fresnos, castaños y almeces. De vez en cuando, algún claro iluminado les invitaba a reposar unos instantes, para retomar con energías renovadas el sendero que, hasta el momento, avanzaba decidido por el bosque.

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

Cuando ya el rojizo del postrero sol de la tarde se tornaba violáceo con sus últimos rayos, vieron a lo lejos y medio escondida una pequeña construcción, a la derecha del camino. Se salieron de éste y, campo a través, se acercaron a un pequeño bosquecillo de castaños, cuyas hojas el incipiente otoño apenas había comenzado a dorar.

Delante de la choza había un espacio claro sin arboleda ni arbustos, donde podía distinguirse una zona circular con restos de fogatas antiguas.

– Iré a buscar ramas y leña, y así haremos un fuego con el que podamos protegernos del frío de la noche y cocinar algo que nos caliente el cuerpo -anunció Banlot-. Tú puedes mientras ir echando un vistazo al interior de nuestro nuevo aposento. La última vez que anduve por aquí no parecía faltarle nada a la casa como para pasar en ella una noche decente.

Efectivamente, la cabaña contaba con, al menos, lo básico para pernoctar: cinco catres con lechos blandos de paja y una tosca mesa de madera con algunas sillas. Todo un regalo para cualquier caminante al que le atrapara la noche y cuya única alternativa fuese el cielo raso.

Se acomodaron como mejor pudieron entre aquellos muros, y terminaron felizmente la jornada ante un templado y oloroso fuego, conversando agradablemente.

– Banlot -dijo Zenia ya avanzada la conversación-, ¿por qué dijiste esta mañana que sabías que las hayas me protegerían y me ayudarían a volver a mí? ¿De qué habrían de protegerme? ¿Qué peligro puede haber?

– ¿Protegerte? -contestó él pensando la respuesta-. De tu peor enemigo… tú misma.

– ¿Yo? ¿Yo, un peligro? –preguntó sorprendida.

– Ningún enemigo más audaz ni suspicaz podrás encontrar ahí afuera que el que habita en uno mismo: nuestras sombras. ¿Y sabes por qué? -ella negó con la cabeza-. Porque nadie puede llegar a conocerte mejor que tú misma, en lo bueno y en lo malo. Y la mejor arma siempre es conocer a fondo al enemigo: sus virtudes, pero sobre todo sus flaquezas.

– ¿Y crees que tanto mal, tanto como el de un enemigo, podría yo hacerme a mí misma? -no salía de su asombro.

– Los mayores males de nuestra vida no los causa nadie sino uno mismo.

Zenia seguía sin comprender tamaña locura.

– Pero no te confundas, mi querida -prosiguió-. Cuando digo nuestro peor enemigo, me refiero a esa parte en nosotros ciega e inconsciente, y a menudo movida por el miedo, que nos hace tomar una y otra vez decisiones incorrectas que son lo que queremos, pero no lo que necesitamos. Piensa, por un momento, que el miedo y casi terror que llegué a ver en tus ojos te hubiesen vencido y hubieses decidido quedarte en Larimor. ¿Qué crees que hubiese ocurrido a partir de ahora?

– ¡Uf, no quiero ni imaginarlo! -contestó ceñuda-. Mi vida se hubiese ido apagando día tras día, y la duda me hubiese carcomido sólo de pensar qué habría pasado y hasta dónde habría llegado si hubiese partido. Mi vida se hubiese consumido y yo con ella.

– Y, ¿cuánta gente crees que tiene el valor que has tenido tú de escuchar al corazón en un momento así y aventurarse en el cambio? Bien poca, me temo. Sólo unos pocos miran al frente sin miedo, o con él, y se arriesgan a vivir su propia vida, aunque ésta no encaje en la vida normal que la mayoría vive.

– Pero, ¿y es que a todos se les plantea marchar de casa y dejarlo todo atrás?

– No, no, cada vida es un mundo, una aventura por vivir, un camino por andar, con todas sus desviaciones y atajos que aprender a caminar -le explicó el anciano-. Y mientras avanzas, adquieres experiencia, sabia experiencia si te lo propones y abres bien los ojos y el corazón; experiencia sobre uno mismo, al fin y al cabo. Pero, por encima de todo, vives, gozas, amas y vas alcanzando la felicidad, porque… ¿acaso no es eso lo que todos andan realmente buscando?

– Supongo que sí -dijo la muchacha poco convencida.

– Aún eres demasiado joven e inexperimentada. Pero cada tramo del camino que tomes con el corazón, te irá conduciendo a ese bien estar indescriptible que sólo los buenos aprendices de la vida llegan a alcanzar.

– ¿Cómo tú? -preguntó ella a bocajarro.

Banlot rió abiertamente con una risa sincera.

– Ay, mi querida aprendiz, preguntas mucho… -le dijo señalándola con el índice-, indicio de tus ansias de aprender y conocer, y de que no empiezas mal tu aprendizaje.

»Pero algún día llegará en que no necesites ni preguntar, porque antes de que formules tan sólo tus preguntas, las respuestas se habrán presentado ante ti a través de las voces del viento, del murmullo de un río o de un viejo tonto como yo.

Zenia ya sólo miraba las llamas mortecinas del fuego, como buscando en sus moribundas formas las respuestas a tantos interrogantes que se le apelotonaban en la cabeza.

– Basta de preguntas y de charlas por hoy -repuso el hombre-. El primer día siempre es el más agotador, por la emoción del principio.

Se sonrieron con cariño.

A continuación, Banlot se dispuso a acabar de apagar el fuego para dejar sólo las brasas, y tras darse las buenas noches, entraron en la cabaña a dormir.

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

A pesar de las emociones del comienzo, como bien dijo Banlot, Zenia había cerrado los ojos, y al poco caería en un sueño profundo que no cesó hasta el amanecer del día siguiente, cuando un olor dulzón se coló por la puerta de la estancia, a la par que un pequeño carbonero posado en una de las ramas del castaño que suavemente se cernía sobre el habitáculo, cantaba una canción de amanecer.

Se incorporó rápidamente, en cuanto recordó dónde se encontraba, se desperezó y comenzó un nuevo día.

Después de un placentero desayuno con los primeros rayos de la mañana -que sólo Zenia sabía preparar tan exquisito como lo hacía su madre-, se pusieron en curso.

– ¿Por qué recogiste tanta leña? Ha sobrado mucha -dijo Zenia antes de echar a andar.

– Para el que venga detrás, querida -respondió.

– Cuando llegamos nadie había dejado nada para nosotros -dijo ella un poco arisca.

– No olvides que el techo bajo el que hemos dormido esta noche, tú más que yo por lo que vi -dijo Banlot con una simpática mueca-, fue construido gracias al tiempo y al esfuerzo de alguien que anoche nos lo brindó. Si no somos agradecidos con lo que se nos da, el único mensaje que estamos entregando a la vida es de escasez y roñería, y estaremos impidiendo que la generosidad se cuele en nuestras vidas.

»Y aun cuando no hubiese leña al llegar, si dejamos leña al irnos, estamos agradeciendo y ofreciendo, dos magníficas acciones para comenzar la jornada. Si no vas a hacer un acto noble hasta que a alguien no se le ocurra hacerlo contigo, tu vida va a ser bastante aburrida.

Torció una sonrisa, cogió sus macutos y se dirigió al camino que dejaron la noche anterior.

Durante algunas pocas horas, Zenia apenas habló, reflexionando sobre los últimos diálogos que habían tenido, o más exactamente sobre algunas de las ideas de su amigo que, para ser sinceros, nunca había escuchado o no había reparado en ellas.

– Hoy llegaremos a Osternor y haremos noche allí -comunicó Banlot, avanzada ya la mañana-. Conozco alguna posada bastante agradable donde podremos pernoctar sin problema.

Siguieron el camino bastante silenciosos, lo que sin embargo les vino a las mil maravillas para poder escuchar las melodías encantadas del bosque: los pájaros tañían agudas notas con sus alegres gargantas, los árboles susurraban melodías con la brisa que mecía sus hojas, el río cercano saltaba feliz y musical por su cauce, y las pisadas de nuestros amigos batían por la crujiente tierra del camino, a veces acompasada por la hojarasca seca que ya el otoño iba dejando caer.

Tal sinfonía otoñal parecía envolverlos en una bruma invisible y sonora que impregnaba sus pensamientos…

Tan ensimismados iban en las luces y sonidos del bosque, que no se percataron de que el hasta entonces ancho sendero -podían cruzarse ampliamente dos grandes carromatos a bastante distancia- ahora comenzaba a menguar por sus laterales, de forma casi imperceptible pero inequívoca.

De pronto pararon, porque ambos repararon en ello a la vez, ya que incluso la luz que llegaba libre y directa al suelo había ido aminorando, a medida que los árboles de los lindes del camino se habían ido acercando y tamizando dicha luz. El más sorprendido fue Banlot, puesto que no recordaba camino alguno tan estrecho ninguna de las decenas de veces que atravesó aquel bosque.

– ¡No puede ser! -Zenia lo había visto en pocas ocasiones tan contrariado-. No podría asegurarlo, pero yo ya he estado aquí mismo varias veces y este camino nunca fue así.

– Lo habrán modificado un poco por alguna razón -comentó la joven.

– ¿Y plantado todos estos nuevos árboles a los lados y crecido, como mínimo, unos cincuenta años? Son árboles de una cierta edad que deben de llevar aquí arraigados unos cuantos lustros de años.

Se miraron extrañados.

– Lo único que sospecho es que hayamos tomado alguna desviación que nos ha traído hasta este otro camino -explicó Zenia.

– No hemos pasado por ninguna desviación, bifurcación o cruce de caminos. Es más, yo juraría que hasta hace no muchos metros, el sendero que llevábamos era el que he tomado siempre, en un sentido u otro.

– ¿Y qué hacemos, entonces? -preguntó ella después de un largo rato de silencio-. Sea el que sea, ¿seguimos adelante por este sendero o adónde vamos?

– No hay mucha alternativa -contestó resignado Banlot-. O volvemos sobre nuestros pasos, aunque algo me dice que llegaríamos de nuevo al camino habitual pero simplemente hacia atrás, o seguimos adelante por el único camino que nos hace avanzar… aunque ya no podría asegurarte si hacia Osternor.

– ¿En qué dirección se encuentra ese poblado?

– Hacia el nordeste.

– ¿Y nos lleva en esa dirección?

– De momento, sí -Banlot tenía sus reservas.

– Bien. ¡Vayamos, pues! -ultimó la joven.

Banlot se le quedó mirando, un tanto perplejo, por lo decidido de sus palabras.

Siguieron adelante.

Pero después de unos minutos, puesto que los árboles seguían acercándose más y más, pegados al camino, ya apenas si podían caminar uno junto al otro.

Finalmente, el sendero desapareció.

– ¡Esto es imposible! -dijo Banlot consternado-. ¿Adónde se fue el camino? No tiene sentido construir una ruta que acabe así, o que incluso comience así.

A Zenia parecía no afectarle mucho la consternación de su amigo, y seguía intentando ser más práctica.

– Habrá que seguir adelante, con sendero previo o sin él.

– No me quedo satisfecho, Zenia -cada vez andaba con aspecto más sombrío-. Prefiero quemar el otro último cartucho antes de aventurarnos por el bosque sin una dirección exacta.

»Quédate aquí y espera a que vuelva. Retomaré el camino y veré si me lleva exactamente al que habíamos tomado o adónde, y así comprobaré si es que nos hemos pasado algún cambio de dirección. No creo que tarde mucho.

La muchacha tresla se sentó sobre una gran piedra gris -modestamente tapizada por un musgo verde traído por las primeras lluvias del otoño-, no lejos del ya inexistente camino, y esperó.

«Al menos así descanso un poco los pies», pensó, «hasta que sigamos adelante, porque es lo que haremos: continuar por aquí».

Se sentía tan sosegada, que ni siquiera se dio cuenta de que en tal situación no era ordinaria esa templanza.

Después de un largo rato, vio a Banlot a lo lejos. Cuando llegó a ella, le dijo:

– No es otro que el camino tomado. De nuevo, dos alternativas o dos direcciones: o volvemos por donde vinimos y regresamos a la cabaña y de ahí a Larimor, o entramos en el bosque y sabe Dios qué pasará.

– Pues tan evidente como antes: sigamos adelante. ¿Qué podría pasar?

– Vine a guiarte y conducirte por rutas conocidas por mí para ahorrarte, al menos en este primer tramo, especialmente este tipo de cosas. Flaco favor te voy a hacer así…

– ¿Y si no viniste sólo a eso? ¿Y si el mayor favor que me has de hacer es acompañarme en este nuevo tramo desconocido para los dos? Así estamos en igualdad de condiciones -sonrió ella irónicamente y arqueando las cejas.

– No creo que esta situación sea nada banal -dijo él cada vez más grave.

– ¿Y quién dice que lo sea? ¿No te has dado cuenta de lo simbólico, precisamente, de lo que está pasando? -ahora era a ella a la que se le ponía el gesto grave-. El camino representa mi situación y mis dudas de hace poco más de un día: tenía miedo de ir hacia adelante, pero ya no podía ir hacia atrás. La decisión correcta y valiente fue mirar adelante, aunque no hubiese nada y no supiese lo que iba a pasar.

»Bien, me reafirmo en la decisión tomada y sigo adelante, porque ya no podemos volver atrás, ni a la cabaña ni a Larimor, ya que eso significaría esa vida en la que me hubiese ido apagando y consumiendo. Si éste es el único camino que nos hace avanzar, como tú mismo dijiste antes, yo quiero tomarlo.

Banlot la escuchaba con atención, sin acabar de salir de su asombro.

– Como vayas avanzando a esa velocidad en tu aprendizaje de la vida y sus vicisitudes, antes de que me dé cuenta estás conduciéndome tú a mí en los primeros tramos de las grandes decisiones de mi vida.

– Entonces, ¿seguimos? -Zenia tan pragmática como siempre.

– Sí, sí, claro. ¿Habrase visto? ¡Tú dándome lecciones de simbolismo y encrucijadas! -el anciano se rascaba la cabeza, impresionado.

– ¿Estás dispuesto, pues, a compartir conmigo este primer tramo de aventura de mi nueva vida?

– Cómo no, mi pequeña, cómo no. Tengo mucho que aprender contigo -dijo el humilde Banlot.

Y reanudaron la marcha, adentrándose irremediablemente en la maleza y espesura del bosque…

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

Y, ¿ahora dónde?

Sin camino, tendrían que cruzar por entre matorrales y sotobosque, tarea que a veces podía tornarse dificultosa y tediosa.

Banlot avanzaba el primero, desplegando al máximo toda su capacidad intuitiva para ir sorteando matojos y maleza sin desviarse en demasía de la dirección original. Era, por supuesto, más agotador para la atención y para las piernas, que ahora tenían que cuidarse de no pisar en falso ni tropezar con alguna raíz escondida.

Así transcurrió algún tiempo, pero no excesivo, porque Banlot no quiso apurar más de lo conveniente este nuevo formato de senderismo, si así podría llamársele, porque allí no se avistaba ni el más mínimo atisbo de sendero. Decidieron, además, que ya era hora de un buen y recompensado almuerzo.

Desde que comenzaran la nueva ruta atravesando el bosque, no habían pronunciado ni una sola palabra, y ahora en la comida no parecía haber indicio alguno de que fuesen a romper esta nueva costumbre.

– Estás un poco taciturno, Banlot -Zenia se atrevió a acabar con el soporífero silencio-. No deberías preocuparte tanto. Ya sabes lo que sueles decirme: no te pre-ocupes, mejor ocúpate.

– No, linda, no me preocupo, no creas -respondió con una leve sonrisa-. Es, más bien, que intento dilucidar cómo vamos a hacer para pasar la noche como no encontremos de aquí a entonces algo que no sea bosque y más bosque.

– Aún quedan unas horas, seamos positivos -dijo Zenia infundiéndole ánimo-. Tú acostumbras serlo.

– Me siento, en cierto sentido, responsable de lo que pueda ocurrirte.

– ¿Por qué? ¿Qué tienes tú que ver? ¿Acaso cambiaste tú los árboles de sitio? -ella le guiñó un ojo-. Si tú eres responsable, yo lo soy más. Recuerda que mi idea era hacer este viaje yo sola desde el principio. No puedo sentirme más afortunada que contigo a mi lado, ahora que las cosas parece que se van torciendo.

– Tienes razón, como siempre últimamente -asintió él-. Um, parece que esta nueva andadura está teniendo un muy rápido y enriquecedor efecto sobre ti.

– ¡No te mofes de mí, pedazo de tonto! Tú tienes la culpa de todo esto y de que me haya vuelto majareta y ande perdida por los bosques… -bromeó Zenia-. Ha sido la decisión definitiva de cambiar, sólo tomarla, y he empezado a sentir ya el cambio de por sí, pero en mí misma.

– ¡Cómo me alegro!

Vinieron bien estas palabras para aligerar las cargas, una vez que volvieron a encauzar sus pasos.

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

Cuando el sol iba aproximándose de forma alarmante hacia el horizonte de árboles, Zenia preguntó:

– El Bosque de Plata, ¿qué extensión tiene más allá de los dominios de nuestra aldea? ¿Está dentro del condado o va más allá, según tengo entendido?

– Es extenso, sí, bastante extenso… -dijo el hombre como examinando sus pensamientos-. Nos queda poco tiempo de luz hasta que se haga totalmente de noche. Y es evidente que no nos ha dado tiempo de llegar a Osternor, y menos aún a ningún extremo del bosque. Por el camino habitual ya habríamos arribado o estaríamos a punto de hacerlo, pero estas horas de caminata no nos han llevado a ningún sitio habitado.

Se quedaron abstraídos, intentando esclarecer qué hacer y cómo salir de allí.

– El problema no es tanto no haber llegado -continuó- como no saber cuándo lo haremos, es decir, no sabemos por cuánto tiempo podemos seguir atravesando el bosque, cuántos días más nos pasaremos sin un rumbo certero.

– ¿Díaaas…? Pero, ¿adónde vamos así?

– Adónde vamos no, Zenia, dónde estamos, que ni siquiera lo sabemos…

Se miraron, ahora sí que muy fijamente los dos.

– ¿Quieres decir que estamos…

– … perdidos? Bueno, técnicamente… sí -intentó bromear como pudo.

Parecía que aquella roca estaba colocada en el sitio pertinente para que Zenia justo se sentara en ella y comenzaran a llenársele los ojos de lágrimas.

– ¡¿Y qué vamos a hacer?! -sollozó.

Banlot se apresuró a acercarse y, poniendo su mano en el hombro de ella, le susurró:

– No estamos solos…

Sus brillantes ojos lo contemplaron, pero los de él brillaron aún más.

Se secó las lágrimas, suspiró y comenzó a mirar alrededor, aunque ya las sombras del ocaso comenzaban a extenderse por el lugar.

Banlot se sentó al lado de ella en la misma piedra, pero no supo qué más decir…

 

Fin del Capítulo 2

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