Ardo por ti, Candela: CAPÍTULO 1

Candela 1

Capítulo 1

DE SIETE A SIETE

Suenan las siete en el despertador.

Da un manotazo y lo apaga: no soporta ese zumbido.

Mil abejas bailonas y vibrátiles la persiguen en sus pesadillas antes del amanecer, y terminan retozando en el panal de su despertador.

Pero aquello de meloso despabilo tiene lo que su vida de dichosa y feliz: una vacuidad repleta de nada.

¡Bah, no es pa tanto! Ahora mismo me estampo una buena ducha mañanera y me como el mundo entero.

¡Ja! Sí, eso se responde cada mañana, con la esperanza de dejarse disolver bajo el agua para que el desagüe arrastre todos los sinsabores y pesadumbres con los que la vida la atosiga.

Bueno… yo… es por animar… Que si no, cómo hago pa arramblar con esta vida que me aprieta de siete a siete del día, siete días a la semana.

Sea como fuere, se siente esclavizada y subyugada por todo, y a punto está de darle un tremendo puntapié al trabajo, a su jefa, a su novio, a la amiga y a la casa, que no hacen más que jorobar y encadenarla a una vida que no la deja vivir, oye, que cada vez que se decide a liberarse, ¡zas!, que si de finde romanticón, que si de marcha marchosa -¡qué más quisieras tú!-, que si los suegros, que si mi madre… y de vuelta a la ratonera del trabajo.

Um, una buena tostá con mantequilla pringosita y el café oscurito que todo lo cura. ¡Eso, eso me hará olvidar!

Sentada a la mesa de madera de rojas patas de la coqueta cocina, pone la radio: su emisora favorita. Para subir los ánimos del más destemplado.

La luz naciente del día se cuela candorosamente por las rendijas de la persiana escarlata de la ventana, iluminando la habitación.

El blanco de los muebles hace la estancia alegre y reluciente, lo que combinado con los múltiples detalles rojos de los recipientes de las legumbres, pastas y cereales, la lámpara de techo y los pomos de las puertas de los muebles, crean un conjunto agradable y simpático para cocinar y comer en él.

¡Oh, no, no puede ser!

¿Qué es eso? ¿Qué drama mejicano se ha colado en mi aparato de música? ¿Qué nombre dijo el locutor? ¿Lola qué? Y no me repitas el título, por favor, que me vuelvo con las abejas zumbonas.

 

Soy infeliz

porque sé que no me quieres,

para qué más insistir.

 

Pero si a mí mi novio me adora. Mismamente, este finde nos vamos de velitas íntimas y puestas de sol agarraditos.

 

Vive feliz, mi bien,

si el amor que tú me diste

para siempre he de sentir.

 

Pues claro, ¿cómo si no? Felices los dos y pa mí todito su amor.

 

Soy infeliz.

Si porque tú no me quieres

piensas que yo he de morir,

que me sirvan otro trago,

cantinero, yo los pago,

“pa” calmar este sufrir.

 

¡La moza, cómo insiste! A ver, ¿no me quiere y me regala el viernes pasado una chupa que quita el sentío? ¿Te quieres ir ya por ahí?

 

Vive feliz,

en tu mundo de ilusiones,

no pienses más

en tu amor y tus traiciones.

 

¿Qué dice esta picha? ¿Qué ilusiones ni qué niño muerto? ¿Me está llamando ingenua? ¿Traición de quién?

Mira, apago la radio: muerto el perro, muerta la rabia.

Pero las trompetas eran sublimes y conmovedoras. ¡Qué me gusta la música sensible y sentimental!

Recoge lo justo la cocina y se larga directa al trabajo.

Ardo por ti, Candela: Filigrana– Creo que deberíamos hablar de lo nuestro…

Sonríe tontamente. Pero ella más.

– Cariño, ya sabes que últimamente las cosas no acaban de ir bien entre nosotros. El amor es lo que tiene: que se va secando poco a poco y antes de que te des cuenta, andas perdido. Necesito encontrarme.

– Pero…

– Bueno, tú lo piensas tranquila y ya me dices.

– Pero, ¿qué me estás contando, chaval? ¿Estás pitopáusico o qué?

– No, no quiero un drama. Nos vemos ya el fin de semana que viene y hablamos.

– Pero que yo no tengo nada que hablar…

– Pues por eso. Tienes toda la semana para saber qué decirme. Buenas noches, cariñito.

La besa en los labios, sale del coche y deja una mujer K.O. más en el mundo.

Pasan los minutos.

Intenta pensar en algo, pero no lo consigue. La mente, en blanco.

Va a poner la radio del coche, pero al ir a darle al on, se acuerda de la canción mejicana de ayer y se estremece toda.

Pero si la velada acababa de ser perfecta, con vistas a las estrellas y todo.

¿De qué iba todo esto?

¿Por qué no le dijiste nada?

¿Y ahora qué? ¿Una semana haciendo qué? ¿Pensando…?

Si no había nada que pensar ni que sentir, si el amor que tú me diste para siempre he de sentir.

Ardo por ti, Candela: Filigrana– Yo creo que te va a dejar, cari.

La mira con los ojos enrojecidos y pesados.

– Si no aguanto hasta este viernes, ¿cómo voy a aguantar sin él?

– Eso es porque prácticamente tú no has conocido otro hombre, ni te ha dejado otro hombre. Ya verás que no es tan difícil. ¿No te acuerdas de lo a gusto que estabas antes de salir con él?

– ¡Oh, yo siempre estuve esperándolo a él…!

– ¡Chiquilla, eres un caso, tú no tienes solución!

La coge del brazo y allá que van las dos de compras al centro comercial.

Bullicio, colorido, actividad, luces… La primavera se deja sentir y alegra las calles.

– Te voy a regalar una chupa que he visto, niña, que quita el sentío.

– No, no, deja…

– ¡Que sí! Así te animas, ya verás.

– ¡Que no, que no!

Cari, que me hace ilusión.

– ¡¡Esther, que no!!

Ella se para, y mira sin pestañear y con enojo a su amiga.

– Pero, ¿qué te pasa, tía? Aún no habéis cortado, porque tenéis que hablar el viernes y ya veréis. Pues no va a haber quien te aguante como se acabe lo vuestro.

– Mira, no estoy ni para hablar ni para comprar. Mejor me voy a casa. Ya te llamo.

– ¿Me vas a dejar plantada así, sin más?

Plantada la deja.

Coge el móvil y marca con celeridad.

– ¿Y no podemos vernos antes del viernes? ¿Para qué esperar?… No, no tengo que pensar más, no necesito más tiempo… Venga, vale… A las nueve.

Caminando pensativa a casa y flotando en una nube de desconcierto e incertidumbre. Pero la espera se acaba…

Ardo por ti, Candela: FiligranaSuena el sonido estridente del telefonillo.

Tiene un presentimiento y, en vez de abrirle, le dice que ella baja.

Termina de recogerse su larga melena acastañada de suaves brillos caobas en una sencilla cola y, sin más, sale por la puerta.

– Vamos a tomar algo.

Sí, igual es la primera vez que ella toma la iniciativa, pero esta vez va de verdad. Lo que sea, que sea. Y cuanto antes.

– Bueno, dime.

– No, dime tú, ¿qué has pensado en estos días?

Ella coge la copa, la mira, lo mira a él.

– Ya te dije que yo no tenía nada que pensar. Por eso, no necesitaba esperar al viernes para seguir sin pensar en nada.

– Pero, ¿y por qué no has pensado en todo este tiempo?

– Lorenzo, dime ya lo que me tengas que decir.

– Necesito saber qué piensas respecto a lo que te dije el otro día.

– ¿Que lo necesitas para qué?

– No es lo mismo.

– Lo que tú pienses o sientas va a seguir siendo lo mismo, ¿no? ¿No eres capaz de deducir de mis palabras lo que pienso? Si te digo que no tenía nada que pensar, es porque para mí todo sigue igual, ¿no comprendes?

– Ah… Bien.

Él se atusa su pelo trigueño de plástico en un ademán nervioso de chulería, y su mirada azul se difumina.

– ¿Bien… qué?

– No, pues… no sé… que las cosas no van bien.

– ¿Qué cosas?

– Ya sabes… tú… yo…

– No, no sé, cuéntamelo tú.

– Venga, cariño, no me lo pongas más difícil.

Ella coge nuevamente la copa, pero esta vez sí que bebe. Hasta que los cubitos de hielo le rebotan en los labios.

– Veo que tienes problemas con nuestra relación, Lorenzo. ¿En qué consisten y qué quieres que hagamos?

– Bueno, problemas no sé. Creo que una relación es cosa de dos, y si algo falla, es que uno de los dos falla por algún sitio.

– Dime dónde fallo yo.

– No, si no es tan complicado. Es que llega un momento en el que todo se va apagando.

– ¿Y por qué no llamas a la compañía eléctrica?

– ¡Qué cosas tienes, niña!

Silencio.

Ella coge la copa una vez más, pero no hay nada que tomar.

Ya no queda nada…

– ¿Te pido otra?

– No, no, lo que quiero es ir al grano y saber qué es lo que quieres.

– Hombre, querer, querer…

– … no me quieres.

– No es eso, yo te quiero. Hemos pasado días muy buenos.

Pestañea varias veces, que mira que se ha puesto poco rimel, pero se le ha debido de meter algo en el ojo, que ahora le llora.

– ¿Por qué le das tantas vueltas? ¿Es que he de decírtelo yo?

Ahora él pestañea, pero sin rimel y sin lágrimas.

– Yo no quiero hacerte daño, nunca he querido.

– Pero me lo vas a hacer, ¿no es así?

Ahora no hay nada en ninguno de sus dos grandes ojos almendrados color caramelo, pero tampoco esta vez puede evitar que le lloren.

Traga saliva, sus lágrimas y su orgullo.

– Lo vamos a dejar, ¿verdad?

¿Le brillan los ojos? Él no tiene rimel, no tiene nada en los ojos, no le lloran… pero le han brillado. El muy canalla…

– Yo te quiero, y no voy a dejar de verte de vez en cuando. Es sólo que vamos a dejar pasar un tiempo así, y verás como todo irá mejor para los dos.

– ¿Me llamarás? ¿O tendré que hacerlo yo? ¿Puedo hacerlo?

– Por supuesto, por supuesto. Siempre que quieras, llámame.

Ella mira a su alrededor y sólo ve luz mortecina en un bar de mala muerte lleno de hombres rudos de rostros descarnados.

Y es que, al final, él ha vuelto a llevarla donde ha querido, y su iniciativa ha quedado ahogada en el sumiso mar de los cansinos lo que tú quieras

– Quiero irme ya a mi casa.

– ¿Ya? Vamos a disfrutar de estos últimos momentos juntos, ¿no? ¡Ven aquí que te dé un beso, cariñito!

– Ve acostumbrándote a disfrutarlos tú solo. ¡Y no me llames más así!

– ¡Pero Candela…!

Candela se levanta y se va.

Ardo por ti, Candela: FiligranaUn mes. Dos meses. Y así…

El primer mes lo llamó, para no perder demasiado la costumbre.

El segundo esperó un poco, a ver si lo hacía él.

El tercero ya no aguanta más.

– Vaya, hola, Candela, ¿cómo estás?

– ¿Y tú? Hace mucho que no hablamos.

– Sí, ando liado. En el trabajo, ya sabes.

– ¿Nos vemos?

– ¿Cómo?

– Dijiste que nos veríamos de vez en cuando, y aún no lo hemos hecho ni una vez.

– Ya te digo, estoy bastante liado.

– Sólo una copita…

Se para en seco. ¿Eso era una risa? ¡De mujer!

– Bueno, te tengo que dejar.

– Ya. Estás muy ocupado.

Vaya tonito de te voy a rajar como estés con otra le ha salido.

– No, no es lo que piensas.

– ¿Y tú qué sabes lo que yo pienso?

El silencio se corta con navajita plateá.

– A ver, Candela, no nos pongamos nerviosos. Dijimos que se aparcaba la relación, ¿no? Si tú quieres coger otro coche del aparcamiento, no hay ningún problema.

– ¿Yo? ¿Qué coche?

– No hay ningún compromiso entre nosotros, ya lo hablamos.

– Entre nosotros, no. ¿Y tú…? ¿Lo tienes tú con alguien?

– Oye, ya te estás pasando. Mis compromisos ya no son cosa tuya.

– ¿Ya no somos amigos?

– Claro, mujer. No sé a qué viene eso.

– Los amigos se ven. Normalmente. A veces.

– Pues yo ahora no tengo tiempo de amigos.

– ¿Por mucho tiempo?

– Seguramente.

– Vale, me ha quedado claro.

De nuevo, esa risa chillona.

Frenética, le cuelga.

¿Habrase visto? ¡A mí no me la das!

¡Qué tontería, tres meses perdidos esperando nada!

Siete años tirados por la borda. Por el precipicio, que ella va detrás de cabeza.

El fin. Esto es el fin…

Mi vida… ¿Qué hago con mi vida?

Nada, no hay nada que hacer.

De siete a siete, no respirar, no sentir, no vivir, no ser. Así va todo mejor.

Su vida ya no le aprieta. Le ahoga el corazón…

Fin del Capítulo 1

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5 comentarios sobre “Ardo por ti, Candela: CAPÍTULO 1

  1. De lo mejor que he leído…como erótico y con muchísima información práctica a nivel de crecimiento personal que no se encuentran en estos libros…ni en muchos de crecimiento/espiritualidad…

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  2. Muchísimas gracias, Paz, por leer “ARDO POR TI, CANDELA” y por tus palabras.
    Me alegro profundamente, porque uno de mis objetivos al escribir este libro era compartir toda esa información y que realmente sirviese a los lectores.

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    1. Espero que sí, Inma, que Candela te lleve de la mano por su apasionante vida y, por el camino, lo disfrutes y te enriquezca.
      Ya sabrás que hay dos entradas posteriores con los siguientes capítulos, “Ojos verdes” y “El tren de la vida”. Para abrirte boca aún más…

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