Zenia y las Siete Puertas del Bosque: CAPÍTULO 1

Mar Deneb

Capítulo 1

LA DECISIÓN DE UNA TRESLA

Los rayos de luz se derramaban con generosidad desde allá arriba, desde lo más alto que pudiese alcanzar vista alguna, y formaban un prisma multicolor que envolvía de brillos de plata cuanto acariciaba, a su paso hacia la sombría tierra, cubierta ya de hojarasca otoñal.

Y ella, como por arte de encantamiento, se encontraba justamente en el mismo centro de esa figura geométrica que dibujaba el prisma de luz en su base, mirando hacia arriba pero con los párpados cerrados, embebiendo cada átomo de aquella bienaventurada luz que la traspasaba de pies a cabeza.

Hasta llegó a sentir cómo su cuerpo, su energía vibrante, todo su ser, se diluía por sus bordes en aquel entramado lumínico… y ella misma era esa luz.

Por un instante, se sintió reconfortada; ya no se sentía tan desolada. Aquella súbita lluvia de luz le trajo un rayo de esperanza en medio del brumoso destino de aquellos momentos.

Rodeada de altísimas y altivas hayas, en esta ocasión se le figuraron hasta protectoras en su alicaída suerte.

Algo más repuesta, entreabrió sus ojos violeta para ver un sol cálido, tímidamente asomando por entre el follaje cobrizo. Éste aún se mantenía intacto en muchas ramas de estos majestuosos árboles, esperando las lluvias del otoño, que arrancarían del todo sus hojas para dejarlos adormecidos.

Y ahora, al volver a mirar en torno suyo, todo tenía otro color, otra textura, no sabría decirlo. Pero sintió en lo más íntimo de su corazón que todo iría bien.

«Ya me lo dijo Banlot», pensó.

Frunció su boquita de tresla a la vez que el ceño, en esa expresión tan suya cuando algo se le iluminaba en su mente y veía una verdad.

«Cambias tu mirada, cambias el mundo», siguió recordando.

Sólo hacía unos instantes era el ser más infortunado de todo el Condado de Tresla, pero ahora… Ahora tenía esperanza.

¿Cómo había podido cambiar el bosque de esa manera?

– No, el bosque no cambió ni un ápice. Cambió mi mirada… y yo con ella. Ahora veo matices que mi oscuridad interna me ocultaba -esta vez pensaba en alto.

«Mira las cosas ante ti como cuando ves llover». Banlot de nuevo.

Y lo mejor del caso es que a ella le encandilaba la lluvia. Se regocijaba al contemplar la fina red de gotitas precipitándose en la tierra. Todo se volvía mágico.

¿Se refería a eso? ¿A la magia de las cosas, a saber verla?

En esta ocasión, entornó los ojos en esa otra expresión tan propia suya, cuando intentaba sacarle todo el jugo a lo que en ese momento se instalaba en su mente.

En fin, el caso es que ahora veía la situación con más claridad, la que le daba aquel hechizante haz de luz.

Ya le habían prevenido sobre no alejarse más de lo indispensable de los lindes del condado, aunque fuese una prolongación del Bosque de Plata, para ella tan entrañable y familiar; se conocía cada palmo al dedillo.

¿Cómo podían dar un consejo así? Los treslas eran gente de espíritu curioso y aventurero, y aunque las mujeres treslas solían tener un carácter más apaciguado, por Dios que no era el caso de Zenia, que era alma libre y nada ni nadie podía, ciertamente, retenerla por mucho tiempo.

Veía cómo iba pasando el tiempo, discurría su vida plácidamente, sí, pero su mente inquieta y decidida la instaba una y otra vez a comprobar lo que latía en su corazón: más allá del condado había algo, debía haberlo, no podía existir éste y nada más. ¿Quién se creía semejante bobada?

Que el miedo los recluía en aquel territorio de fronteras imaginarias, de acuerdo; que la prudencia no les permitía aventurarse más allá de esas fronteras, de acuerdo; pero que eso equivaliese a la inexistencia de otras tierras lejos de aquellos lares, eso era harina de otro costal.

¿Cómo podía ser que ni en los cuentos que escuchó en su niñez se hablase de otra cosa que no fuese el condado? ¿Cómo podía ser que, por más que indagó y rebuscó por todos los textos que encontró en bibliotecas o escuelas, no encontró ni la más mínima referencia a otras tierras? Hablaban sólo de un mar lejano que muy pocos habían conocido, y ya peinaban canas.

¡Cómo había cambiado el carácter intrépido de su gente, tornándose monótono y hasta huraño! Aislaron sus confines del mundo exterior, y su petulancia se hundió en su mediocridad. Ya nadie recordaba los primeros tiempos de aquella reclusión voluntaria, pero el ostracismo los sumió en una apagada y cansina existencia.

No obstante y a pesar de todo, un pálpito demasiado fuerte la empujaba lejos de sus raíces; ella sabía que algo le esperaba más allá de su mundo.

Y por eso fue que un día, sin pretenderlo, esa magia que reinaba en las cosas la había llevado, decididamente, a buscarse en tierras inhóspitas y lejanas…

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

La fragancia humeante de su taza de té se le antojó como un bálsamo aromático en aquella tórrida y lluviosa tarde de otoño. Quiso mezclar clavo y jazmín con jengibre y canela, y ahora las benditas hierbas estaban consiguiendo sosegar su hastiado corazón.

«Bien», se dijo, «y… ¿adónde iré?».

Los nubarrones acechaban su maltrecha mente, pero no quiso más batallar tormentas que solían dejarla tan malograda. Aspiró el olor a jazmín, sorbió tan preciado caldo y se quedó hipnotizada mirando el discurrir de las gotas sobre el cristal irisado de la ventana. Apenas un último rayo solar se aventuraba, cohibido, entre los hilillos de agua que se desperdigaban por el ventanal.

Y la noche no se hizo esperar… oscura, lúgubre, negra como el tizón, que hasta la luna se ausentó en busca de paraderos mejores que alumbrar. Nadie supo con certeza si un manto cubrió el cielo o si los ladrones de luces se empecinaron como nunca, pero esa noche ni una sola estrella centelleó.

Sería la calidez que penetró en su cuerpo tras beber la tisana -no en vano la había preparado con esmero y una pizca de hechizo- o la sordidez aterrante de aquella noche, ella misma lo desconocía. Pero decidió que partiría definitivamente y sin más demora a la mañana siguiente.

Mas antes, quizá por cautela, quizá por temor, probaría suerte en un breve paseo matinal para acabar de estar certera, no fuese que así, oteando una primera vez, ya con convencimiento descubriese lo osado de su propósito.

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

Y hete aquí que, al despuntar la mañana y tras un deleitoso y abundante desayuno -repleto de bizcochitos y pastel de arándanos rojos, cerezas y grosellas silvestres-, partió hacia el bosque en su paseo de introspección.

Pero su corazón necesitó antes ir a verle…

No se explicaba cómo, pero cada vez que algo importante o digno de destacar en su vida estaba a punto de ocurrir, acababa en aquella casa. Y sin saber muy bien por qué, su morador le hablaba de cosas que no entendía, pero acaso comprendía, y parecía que supiese con mayor presteza que ella de sus transformaciones hasta más íntimas.

Tomó el sendero que le llevaba a su amado Bosque de Plata y, justo a su entrada, vio una vez más la casa de Banlot.

Toda ella emitía un fulgor dorado que siempre la había invitado a acercarse y dejarse envolver por su caluroso abrazo. Porque eso es lo que se le representaba cuando estaba ante aquella morada: que un ser mágico y precioso era su espíritu, y éste resplandecía más allá de sus paredes.

A pesar de estar toda rodeada de naturaleza, el umbral de la vivienda siempre ofrecía al visitante sus flores y su verdor. Una puerta de madera de nogal, maciza y labrada, estaba flanqueada a cada lado por sendos ventanales igualmente de madera acastañada, cuajados de flores multicolores y de olores dulces. Los muros de piedra de toda la casa eran níveos para poder reflejar al máximo los tórridos rayos del verano, y el tejado rojizo se desparramaba en dos simétricos aleros para escurrir bien las aguas otoñales.

No le había dado tiempo a llamar cuando la puerta se abrió, y tras ella, apareció una acogedora sonrisa.

– Mi querida Zenia, te esperaba -dijo invitándola gentilmente a pasar con un sutil gesto con la mano.

«¡Ya ha vuelto a hacerlo!», pensó contrariada.

Le desconcertaba, pero a la vez agradaba, las veces que hacía eso: se adelantaba a sus pasos y respondía como si ella ya hubiese actuado, cuando casi ni había movido tan siquiera un músculo.

Por la aldea parloteaban toda suerte de chismorreos sobre aquel enigmático anciano: sobre su origen, sobre los motivos de su llegada y establecimiento entre ellos, sobre su edad o hasta sobre sus posibles artes mágicas, si acaso pudiesen ellos definirlas así.

El caso es que, en cuanto apareció por aquellas tierras -hacía ya muchos meses-, se encariñó irremediablemente con aquella muchacha de mirada asombrosamente violeta y sonrisa dulce. Ella fue la primera lugareña con la que tropezó en el camino y asistió desinteresadamente a sus primeras pesquisas.

Ella tampoco olvidaría nunca la imagen de aquel viajante de aspecto intrigante, al que acertó a ver a lo lejos de la senda que conducía a la entrada del poblado.

Su extensa barba blanca resplandecía con los primeros rayos de la fría mañana. Sus largos cabellos de plata -que le caían más allá de los hombros- estaban cubiertos por un curioso sombrero que a ella le recordó algún cuento de su infancia, con ala ancha y capuchón ocre. Portaba un bastón de madera rojiza, pero no aparentaba necesitarlo en absoluto; tal era su porte lozano. No obstante, parecía tener cierta edad, aunque ella siempre lo vio tan vigoroso, que nunca puso atención cuando los vecinos parlamentaban sobre éste o cualquier otro asunto relacionado con él, puesto que ella siempre tuvo una idea bastante precisa de todo cuanto necesitaba saber sobre aquel caballero.

Aquellos ojos de miel y penetrante mirada la dejaron absorta en cuanto se clavaron por primera vez en los suyos. Todo su ser se estremeció y, en un segundo, la afilada idea de que toda su vida estaba a punto de cambiar ya no le abandonó, por más que ella a lo largo de aquellos meses intentara desecharla.

En aquella ocasión y tras aquel primer encuentro de miradas, él le preguntó, tras un cortés saludo y con voz exquisitamente amable, si aquella aldea que se veía a lo lejos era Larimor, a lo que ella contestó afirmativamente.

Y antes de que se diese cuenta, se estaba ofreciendo de buenas a primeras a acompañarlo hasta el pueblo, a pesar de que ella venía de allí mismo y en absoluto la llevaba al destino al que se dirigía aquella invernal mañana. Pero nada le atrajo más que acompañar a aquel señor de capa larga y ocre de peculiar sombrero.

Con el tiempo, germinó una singular amistad. Y eso que más de un aldeano le prevenía de tan raro personaje, decían. Mas con él siempre había una fuerza mayor que la hacía actuar casi sin pensar, pero con la certeza de hacer siempre lo correcto.

De hecho, Banlot tuvo mucho que ver con la decisión final que acababa de tomar la pasada noche de partir, ya que todos aquellos meses de encuentros, de largas conversaciones, de paseos por el Bosque de Plata y de visitas a su acogedora casa, habían hecho mella en ella y la habían convertido en una joven y bella mujer capaz de todo lo que ahora se propusiese.

Ella comprendía, en el fondo de su alma, que Banlot era el espejo que ella había necesitado desde siempre para verse a sí misma en lo que verdaderamente era, no en lo que tantos le habían hecho creer que era; le debía mucho a aquel buen hombre. Y también sabía que era sólo el principio de su metamorfosis, puesto que apenas comenzaba a asomar desde su crisálida.

Y allí estaba, una vez más, cruzando el umbral del hogar de Banlot, sin tener mucho que decir respecto a su plan de ruta, pero con la esperanza de que él le transmitiese lo que ninguno de sus paisanos: ese apoyo y ese afecto que nunca él le escatimó.

Al entrar en la estancia, un dulce olor la reconfortó: en una esquina del espacioso salón una serpiente de humo zigzagueaba hacia el techo, difuminándose antes de llegar a él e impregnando toda la habitación de un aroma a flor de espliego seco.

El salón era el corazón de aquel hogar, ya que de él partían las puertas que daban a todas las demás estancias. El constructor de la casa, sin duda gran amante de la naturaleza, cuidó que todas sus piezas tuviesen amplios ventanales con vistas al bosque, de manera que en cada uno de estos espacios uno se sintiese siempre acompañado por la vida que fluía a borbotones allá afuera.

Cuando Banlot le había preguntado, al llegar a aquellas tierras, por una vivienda donde poder alojarse por una buena temporada, Zenia cumplió con su tarea informativa, pero no pudo resistirse a hablarle también de la casa abandonada en el bosque.

A pesar de estar más que desahuciada por los habitantes del lugar -ofrecía un aspecto bastante ruinoso, especialmente en su interior-, no cesaba de venirle a la mente la insólita imagen de este anciano, al que acababa de conocer, habitando la casa.

Así que no se sorprendió cuando él exclamó ¡perfecto! la primera vez que visitó el edificio. Y perfecta, con toda certeza, acabó siendo aquella casa, tras pocos días de reformas y adecentamientos, que los mismos paisanos no daban crédito de semejante transmutación. Fue entonces cuando comenzaron las habladurías sobre el misterioso forastero, que sin duda obró algún tipo de sortilegio con aquellas cuatro paredes.

El sol se colaba ya por los dos ventanales de la entrada. En la esquina opuesta al quemador de espliego había un hogar encendido que crepitaba suavemente, haciendo aún más relajante el lugar.

Zenia se sentó en un rinconcito, cerca de la chimenea, y se quedó absorta contemplando las pequeñas chispas que saltaban de los maderos que ardían.

Banlot le ofreció una taza de uno de sus elixires mágicos de hierbas y flores que acababa de preparar, así que no pudo negarse, porque necesitaba algo que la reanimase para dar el siguiente paso.

Una vez se la sirvió, se sentó junto a ella.

– ¡Cómo me fascina ese vestido! Hace juego con el cielo y con tus ojos…

Ella se sonrojó con la ocurrencia; Banlot sabía cómo suavizar un momento de nerviosismo.

A ella también le gustaba ese vestido, que además había sido tejido por su madre para el día que cumplió veinte años. Turquesa y violeta combinaban de maravilla en su estilizada figura, haciendo que las sedas cayesen de forma majestuosa hasta el suelo. Algunos de sus largos y ondulados cabellos dorado oscuro le caían hasta el borde del escote, ofreciendo una imagen encantadoramente femenina.

– Sabes por qué he venido, ¿verdad?

Zenia, en situaciones incómodas, prefería ir al grano y saltarse prolegómenos o cumplidos.

– Porque crees no tener ni idea de lo que vas a hacer, ¿me equivoco? -respondió él.

Bueno, en eso había acertado. Que le cayese un rayo ahora mismo si supiese en este momento qué rumbo tomar en su vida.

– Ni hacia delante ni hacia atrás, Banlot. No sé adónde llevar mis pasos, pero es que no puedo ya mirar atrás, no puedo levantarme ni un día más para hacer lo mismo que he hecho hasta ahora.

– Pues ya sabes algo… -el hombre la miró enigmáticamente.

– Pero si no sé qué hacer y no quiero hacer lo que hacía… ¿qué me queda? -la joven empezaba a estar confusa.

– No, no… -él se quedó pensativo-. Estás equivocada en un detalle, que puede ser la clave que te dé la luz para comenzar esta nueva etapa. Aunque, en realidad, hace meses que la comenzaste.

– Un momento, un momento… ¿Cuándo comenzó esta etapa? -ella frunció el ceño.

– Ya sabes que, si estás en este punto, es porque algo anteriormente te fue llevando a él. ¿O crees que estas cosas ocurren porque sí y de buenas a primeras uno lo deja todo para aventurarse en no se sabe dónde?

Se sentía cada vez más abrumada; todo esto era muy engorroso. Ella sólo quería simplificar las cosas, ¿para qué tanto embrollo?

– Dime cuál es ese detalle en el que estoy equivocada -dijo la muchacha poniéndose seria.

– Dices que no sabes qué hacer, pero yo lo que te he dicho es que crees no saberlo -aclaró él.

Estaba tan cansada… ¿Creer?

– Sé más claro, por favor, Banlot, que no estoy ni para acertijos ni para estrujarme mucho la mollera.

– No pretendo ofuscarte más de lo que ya estás -le dijo el anciano dulcemente-. Tan sólo digo que tú ya sabes qué hacer, pero aún no te has dado cuenta porque no dejas de darle trabajo a tu mente, agotándola.

Era cierto que ya no quería pensar más. Lo miró, invitándolo a que continuase.

– No tengas tanto miedo al futuro, que éste ya llegará y se hará presente. Cada día tiene su afán, y el afán de hoy es serenarte y reencontrarte, que no es poco, porque sólo así, calmando y aquietando tu mente y tus caóticos y temerosos pensamientos, podrás conectar con otra parte de ti que espera calladamente a que le des su turno de palabra.

– ¿Qué parte? -al menos empezaba a ser capaz de escuchar.

– Ésa que empieza a escucharme… -contestó él.

Se quedaron mirándose. Y comprendió que no hacía falta hablar mucho más.

Entonces, él acercó su mano al corazón de ella, y le susurró:

– Ése de ahí…

Zenia bajó los ojos y suspiró.

Aunque a veces se reprochaba a sí misma haberse planteado abandonar aquella vida -fácil, cómoda, apacible, pero también tediosa y aburrida-, sabía que era cuestión de tiempo que dejase atrás todo aquello: ya no encajaba en aquel perfecto entramado para el que no estaba hecha.

Hasta ahí, no cabía duda. Pero ahora se le presentaba ante sí un firmamento tan vasto de posibilidades, que se perdía en él y veía sólo un gran vacío.

Y así pasaron los minutos, en un pausado silencio de ocasionales miradas de apoyo y afecto reclamados y generosamente recibidos.

Iba comprendiendo lo que era eso de reencontrarse, aunque era verdad que el miedo le nublaba los pensamientos, incluso ahora que iba impregnándose de la paz del lugar, del sosiego de aquel ser y de la templanza que le aportó el brebaje.

Aprovechó, pues, esa incipiente lucidez para tomar una pequeña decisión.

– Me voy al bosque -dijo-. Al fin y al cabo, era lo que había decidido hacer esta mañana: hablar con las hayas.

– Todo irá bien, ya verás -la consoló él-. Porque ten presente que, al cambiar tu mirada sobre las cosas, podrás llegar hasta a cambiar el mundo. Y esa mirada es tan simple e inocente como la lluvia: mira las cosas ante ti como cuando ves llover.

Él se paró un instante, como para dejar que sus palabras calasen en ella tal cual esa lluvia de la que hablaba, y añadió:

– Bien, nos vemos luego.

No estaba precisamente en sus planes volver a aquella casa, pero como ya conocía sobradamente el misterioso proceder de su amigo, se despidió con un hasta pronto, tras darse un breve abrazo.

Y se adentró en el Bosque de Plata, ahora que iba haciendo honor a su nombre, a medida que avanzaba la mañana: rayos de plata colonizaban de forma creciente el espacio hasta perderse entre la hojarasca.

Y el temor también iba apoderándose nuevamente de aquella cabeza vivaracha, cuanto más se alejaba de la casa de la entrada del bosque y sus irradiaciones, y más se introducía en el espeso hayedo.

Aquel temor ante la incertidumbre fue transformándose en incipiente terror a lo desconocido y a la soledad que sabía que le esperaba, cuando se dio cuenta de que el gran vacío que veía no estaba afuera como creía, sino dentro, en su interior, y la atenazaba hasta quedársele cogido en la boca del estómago.

Así que desesperada -y aún más por no entender cómo podía estar siendo tan vulnerable-, se detuvo en medio del bosque, alzó los ojos al cielo y los cerró…

Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ  Ψ

Desde el interior de aquel bienaventurado y hechizante prisma de luz multicolor, tras aquella esperanzadora lluvia de luz, Zenia volvió a mirar en torno suyo: había llegado la comprensión. Aunque más que la comprensión, había llegado el momento y nada más. Así de simple: como las gotas de lluvia.

No quería engañarse, bien sabía que el desasosiego aún la rondaba, pero cuando el alma redescubre qué hacer, ya no hay peligros ni inquietudes que la detengan.

Regresó a por sus enseres para comenzar definitivamente su viaje.

Al pasar por delante de la casa de Banlot, le extrañó verla tan cerrada: no era habitual en él -ni por aquellas comarcas- cuidar de proteger su vivienda cuando se acercaba al poblado, pero no le dio mayor importancia.

Continuó su camino hasta la entrada de la aldea, y pensó -y ello le apenó- que quizá pasaría mucho tiempo hasta que volviese a ver aquellas bellas casas floridas de madera que flanqueaban la entrada principal de Larimor, orgullo de sus habitantes.

Llegó a su pequeña casa.

Aunque su adorada madre le insistiese que no era necesario que se instalase en aquel cuchitril -como ella lo llamaba-, y que podía seguir viviendo con ella hasta el final de sus días, Zenia ya había tomado su decisión: tener la independencia que tanto anhelaba. Esto había ocurrido hacía más de un año, recién cumplidos sus veinte.

Ella y su madre, Sternia, habían estado viviendo juntas en la gran casa -propiedad de la familia de su padre, Lesner-, una de las de mayor antigüedad y renombre de aquella y otras aldeas cercanas. No se podría decir que fuesen acaudalados, pero gozaban de una buena posición social y económica. Al morir su padre -Zenia aún era pequeña-, continuaron ocupando la casona familiar, además de seguir disponiendo de dinero suficiente como para seguir llevando una vida holgada.

Abrió, también por última vez, la sencilla puerta de madera que daba acceso a la vivienda, más en concreto a un saloncito que hacía las veces de entrada, sala de estar y comedor. Se sorprendió al ver que había cierta luz en la estancia, pero no le dio tiempo de cavilar nada, cuando escuchó una voz familiar:

– Me alegro de que te haya ido tan bien en tu paseo matutino.

Zenia soltó una carcajada, que le vino como agua bendita para dejar atrás tensiones y preocupaciones. Bueno, al menos, por un largo rato.

– Y yo pensando que tus dotes adivinatorias eran las que te habían llevado a saber que nos íbamos a volver a ver, mi querido mago -era la primera vez que ella lo llamaba así, aunque su tono estaba ligeramente teñido de un cierto sarcasmo.

Ahora fue Banlot el que se carcajeó.

Se abrazaron entre risas, y él finalmente dijo:

– Mi querida aspirante a brujita -también era la primera vez que él la llamaba de esa manera y con un leve sarcasmo-, si me despedí con un hasta luego fue porque ibas a volver a esta casa después de tu paseo, como era lógico, a recoger tus cosas para partir. ¡O a encerrarte para siempre cual cobarde comadreja en su guarida, ja, ja, ja!

Zenia corrió a coger el primer cojín de pluma que vio más a mano y lo estampó en la cabezota de Banlot, que no paraba de reírse de su tonto comentario.

Cuando acabaron las risas, él le dijo, ya con un semblante más serio:

– Has de saber que la magia tiene una alta proporción de sentido común, que a su vez gusta de usar la lógica.

¡Y qué bien se sentía ahora! Le parecía que acababa de librar una batalla, pero había llegado a la victoria.

– Veo que has vencido… -dijo Banlot reflexivo.

Imposible, no podía saber lo que acababa de pensar.

– Vamos a ver, mago de tres al cuarto -ella puso los brazos en jarra-, ¿me puedes decir ahora dónde está esa lógica o ese sentido común que se supone que acabas de utilizar para saber eso?

– ¡Muy fácil, ja, ja! -rió él-. Aún no has tenido tiempo de verte en el espejo para reparar en esa hermosura de rostro, pleno y feliz. A lo mejor tampoco te viste en estos días atrás, pero yo sí, siempre te veo cuando te miro, y sólo había lucha, batalla tras batalla; la más encarnizada, puesto que es interna y se batalla a solas.

»Sabía que al final las hayas te protegerían y te ayudarían a volver a ti; sabía que volverías victoriosa. Y al escucharte reír, confirmé que había vuelto de nuevo mi Zenia.

Se contemplaron por un momento, y ella fue capaz de hacerlo sin reparo, viendo brillar en aquellos ojos la franqueza y nobleza que tan bien lo definían.

– No creas que tu Zenia tiene las ideas muy claras sobre lo que va a hacer -dijo la joven lacónicamente.

– Lo suficiente -él intentó transmitirle toda la seguridad posible-. Has decidido tomar el camino hacia delante, ¿te parece poco? Lo que en estos momentos más necesitas es confiar en ti misma, porque esa falta de confianza te va a volver loca como la dejes que siga desbocándose.

– Abundan los momentos en que dudo de mí, sí, y me veo incapaz de hacer tal hazaña yo sola.

– Poco a poco, irás recobrando la seguridad que necesitas para vivir tu propia vida, y no la de otros.

De pronto, Zenia reparó en un detalle: sabía que su amigo tenía en su poder una llave de su casa porque ella misma, con plena confianza, se la ofreció, pero no había hecho nunca uso de ella. Supuso que se debía a la trascendencia del momento, y agradeció en lo más profundo que la hubiese esperado dentro de la casa, porque se sentía tan arropada en aquellos instantes tan difíciles…

– Coge todo lo que te vayas a llevar y salgamos de la casa -el momento había llegado.

Salieron de la aldea, sin que ella pudiese evitar que se le humedeciesen los ojos. Sabía que volvería, pero no sabía ni cuándo ni cómo, y lo que era peor, no sabía ni adónde iba. Era aquél un viaje un tanto extraño…

Un nudo se le fue instalando en la garganta cuanto más se acercaban a los lindes del bosque.

Al llegar a la morada de Banlot, estaba a punto de explotar en sollozos, pero sorprendentemente él siguió adelante por el camino que se adentraba en el Bosque de Plata.

Y entonces, volvió a reparar en un segundo detalle: al salir de casa vio de refilón que él cogía un bulto, pero como después también llevaba otros de ella que se había ofrecido a cargar, no se había dado cuenta de que era bastante voluminoso.

– ¿A dónde vas, Banlot? -le preguntó cada vez más desconcertada.

– Piensas comenzar el camino desde el mismo Bosque de Plata, ¿no es así? -respondió él.

– Pero, ¿y tú? Tu casa queda aquí, tu camino acaba aquí.

– No, mi pequeña, mi camino nunca acaba, y menos tratándose de ti… -dijo de forma intrigante.

– ¿Qué quieres decir? Te comunico que sigo sin estar para acertijos -lo miró fijamente.

– De acuerdo -le contestó el hombre con una amplia sonrisa-. Durante la primera parte de tu trayecto, te acompañaré para guiarte y darte algunas indicaciones.

Los fuegos de artificio que llenaban de luces de colores el cielo nocturno de Larimor cada año en sus fiestas estivales, eran juegos de niños al lado de la luz que iluminó el rostro de Zenia y del alboroto que sus gritos y risas provocaron en el lugar. Se abrazó como loca a él y no paró de darle las gracias.

– ¡Vale, vale, que he dicho la primera parte solamente! No te vayas a hacer ilusiones, ¿eh? -él disfrutaba tanto como ella de verla así.

Y también encajó la última pieza: Banlot había cerrado de aquella manera su casa porque pensaba ausentarse de ella por unos días.

Fin del Capítulo 1

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2 comentarios sobre “Zenia y las Siete Puertas del Bosque: CAPÍTULO 1

  1. Una forma de escribir y de acercarte a la magia de la naturaleza y de los bosques de forma “diferente”…te hace vivirlo y meterte de lleno en ellos…para disfrutar de la MAGIA.

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    1. Gracias, Paz. Me encanta que hayas leído “ZENIA Y LAS SIETE PUERTAS DEL BOSQUE” y que te haya provocado esas hermosas vivencias.
      La Magia está en todas partes, pero en la Naturaleza te envuelve sin querer, y ésa es una de las cosas que pretendía plasmar en este libro y hacer partícipe al lector.

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